Al amanecer, dentro de un círculo en una pequeña playa del norte. (O al norte de un recuerdo circular, no sé).

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7 a.m

 

Acabo de dibujar un circulo con la punta del pie en una pequeña playa del norte. La arena está fría, prácticamente rígida. Ahora estoy dentro de ese circulo algo desgarbado. Sonrío por mi poca traza, pero creo que servirá. Me siento con las piernas recogidas en el pecho y me abrazo rodeándolas a la altura de los tobillos. Respiro hondo, muy hondo, una sola vez es suficiente para retrotraerme. Apoyo la barbilla en las rodillas y miro al frente. El mar sigue ahí. A la altura de mis ojos. Yendo y viniendo por una orilla rota a mareas de estaciones que la llevan a una total solitud.  Huele a sal, pero es un olor distinto al que se percibe en verano. Huele a sal de invierno, a galaxias perdidas en mi mente, a solsticios lluviosos en la cama, a paseos por playas africanas recogiendo caracolas que después acabarán como perlas en un cordel alrededor de tu cuello.

 

Acabo de dibujar un circulo con la punta del pie, y ya estoy sacando punta a los recuerdos. Siempre con el mismo propósito: Atraerte hasta mis labios. Pegarte con cola de madera a estas manos que siempre saben como volver a tu pecho y a tu espalda. Y a esa figura de pergamino, desnuda, cuando al levantarse de la cama me sonreía con música de tambores después de hacernos el amor.

 

Abro los ojos y las olas siguen impresas en mi vista, algo ausente la verdad (la concentración siempre ha sido mi particular cruzada), aunque debo admitir que la ancestral respiración acústica de estos arrastres que son cascabeles marinos, me traen de vuelta a esta playa y a este circulo, una y otra vez.

 

Ya hace veintitrés años que te conocí en Kenia. Entonces, eras un recién licenciado en todos los aspectos de la vida, y yo una chiquilla aventurera en busca de un techo de paja y nubes donde vaciar una maleta de rebeldías, también de ideas, que me pesaban un mundo. Y allí supimos transformar toda nuestra rabia de juventud, en cariño, y destilar la impotencia de no poder hacer lo suficiente, amándonos salvajemente, a escondidas y cuando podíamos. Malabarismos entre la vida y la muerte, sexo como recreo de las letras y los bisturíes, promesas desnudas bajo tormentas tropicales. Y besos, muchos besos de colores que volaban como billetes lanzados desde un avión, cuando te veía desaparecer entre las nubes con la destartalada avioneta del viejo Jones Junior.

 

Sonrío y te veo. Entre las hélices oxidadas. Sonrío. Oigo los motores. Sonrío aun más porque sé que estás llegando.

Aplano la arena junto a mi. Te hago sitio en mi circulo, que es el tuyo también, pero eso ya lo sabes.

Te veo, te veo, te siento… Ya llegas.

 

Oigo tu voz que respira entre mi pelo. Quiero girarme, comerte la boca, pero no me dejas. Me agarras de los hombros, mantienes mi vista rastreando la orilla.

 

 

“No olvides mi amor que siempre está, quien nunca ha salido de un bonito recuerdo”.

 

Para T.M, en nuestro aniversario.

 

 

 

 

 


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