Amanda y el sexo.

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A las siete de la mañana, de vuelta a casa, todos los caminos no conducen a Roma. Quizás por el cansancio, la resaca, los remordimientos o la conciencia que arrastras como un ancla por el empedrado de la calle.

Al llegar al portal, ubicado en el número 3 de la calle Doctor Fleming, Amanda saluda fríamente a la portera y su hija, antes de meterse en el viejo ascensor.
– Buenos días.
– Buenos días, Amanda.
Cuando la mujer comienza a ascender entre los rellanos, madre e hija inician la primera conversación de la mañana.
– Debe ser puta.
– ¿Tú crees?

Gran parte del vocabulario de la portera sonaba malsonante y ofensivo, una pataleta diaria por la falta de hombre.
– ¿Has visto la cara que trae?
– Nooo, mamá, me fijé en los zapatos.
– Una mujer con tacones lleva el cielo en las piernas y el infierno en las intenciones -dijo entornando los ojos. La hija bajó la vista y repasó los pies de ambas. Al encontrarse con las viejas zapatillas del trabajo, cuarteadas y ennegrecidas por la roña, sintió una gran decepción.
– Pues yo la envidio. Me parece una chica lista de esas que ganan mucho dinero.
– ¡Suciamente!
– Igual no. Debe ser gogó. O actriz. Con esas piernas…
– ¿No es lo mismo?
– ¡Claro que no! ¡Eres una antigua!
– ¡Y tú una fresca! ¡Vamos, a trabajar!
La hija abandona a su madre entre sapos y culebras mientras ésta coloca el contenedor de basura en el patio.

Horas después, por la tarde, Amanda sale del ascensor y se dispone a atravesar la portería hasta llegar a la calle, pero la señora Yolanda, la portera de la finca, la llama.

-¡Ah, Amanda! ¡Qué bien que la veo!

-Tengo mucha prisa, señora Yolanda.

-Sí, sí, lo imagino, pero es que le han dejado un paquetito aquí. Se ve que el muchacho estuvo arriba, pero que usted no abrió. Claro, es comprensible… Como trabaja de noche, y con tanto trajín, ¿verdad?, pues siempre está cansadita…

-Ya…Bien, ¿me lo da, por favor?

-Sí claro. Lo tengo aquí dentro. En el recibidor. Pase, pase, Amanda. Es que, no sé, no quise que lo dejaran sobre los buzones. No por la gente de la finca, madre mía, aquí son todo familias de toda la vida, muy honradas, nadie roba nada… Pero, digo yo, ¿y si lo coge un niño?… ¡Qué vaya a saber uno lo que hay aquí dentro, ¿verdad?! Jejeje…

-Claro… ¿Me lo da ya, por favor?

-¡Sí! A-ja-ja… ¡Aquí está! No pesa, ¿eh? ¡Como una nube! No me imagino que puede ser…

-¡Yo, TamPoCo! Oh, Dios…

Amanda, impaciente, se dispone a salir de la casa de la señora Yolanda, ubicado en el mismo rellano de la portería. Gira talones y le da la espalda, evaporándose la sonrisa falsa que mantenía por compromiso.

-Ah, otra cosita…

-¿Quée?

-¿Ve a esta niña? -Una cría vestida con uniforme escolar, de unos nueve años, está sentada en uno de los escalones de mármol próximos a la puerta-. Pues es mi nietecita, Lucía. ¿Podría pedirle un favor? 

-Es que, de verdad, no dispongo de…

¡Será nada! Shhh, me estoy haciendo piiiiipí, ¿sabe? y no me gusta dejarla aquí solita, ¿ve? ¿Me da dos minutos?

-Esta bien. Pero no tarde, por favor.

-No, no. Si yo más bien incontinencia que otra cosa, ya a mi edad…

-¡Va, vaya!

-Gracias, Amanda. Qué maja es. Voy yo ya, y así no me tardo, ¿eh?

A  Amanda que los niños ni frío, ni calor, se queda de pie junto a la colegiala.

-Hola. ¿Cómo te llamas?

-Amanda.

-Yo, Lucía.

-Ya lo sé.

-¿No te sientas?

-No. ¿Para qué?

-¿Me cuentas un cuento?

-¿Un cuento?

-Sí.

-Dí cual.

-Me da igual, aunque los clásicos me los sé todos. Invéntate uno nuevo que no lleve ningún personaje conocido, ni de Disney, ni de Pixar, ni clásicos, en fin, ¡nuevo! ¡Eso sí que molaría!

Amanda quedó pensativa durante unos minutos. La niña la miraba escudriñando en su impecable rostro cada reacción por diminuta que esta fuera. Pero no pasó nada. La mujer no pronunció una sola palabra. Sólo alguna corriente de aire y la intromisión de algunas hojas arrastradas por el viento, se manifestaron.

-¡Bien, pues ya estoy aquí! Muchas gracias, Amanda. ¿Le dices adiós a la señorita Amanda, Luci?

-Aadiiiooooosss.

Se aleja por fin tan rápido como puede, esquivando las aristas de los adoquines come-tacones y preguntándose por qué hay tanta gente toca-cojones. Mientras, la señora Yolanda, sale hasta la calle para despedir a Amanda con la mano y volver a agradecerle su cortesía.

 

De vuelta al interior de la finca, la portera del número 3 de la calle Doctor Fleming, descubre junto al ascensor un tarjetón negro y dorado. Pensó que se le pudo caer a Amanda del bolso. Se agacha rápidamente con gran interés. Al acercárselo a los cristales de la gruesa gafa, observa con gran sorpresa la hermosura de un pompis exuberante, una mano que sostiene una delicada llave y unas frases electrizantes:

 

 

 

Sex & Privilege: La llave de tus fantasías.

Citas y encuentros mágicos.

Máxima discreción.

 

 

 

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La portera mira en ambas direcciones. Nadie la ha visto. Dobla por la mitad el tarjetón  y se lo guarda en el bolsillo delantero de la bata.

 

 

 

 

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 Club Sex & Privilege.
Casa Paraiso.

 

Los miembros del prestigioso Club Sex & Privilege gozan de una libertad sexual absolutamente embriagadora, esa con la que otros solo pueden soñar. Los encuentros se producen una vez al mes, durante las noches de luna llena, en la residencia Casa Paraiso, un impresionante edificio de estilo colonial español, ubicado en una zona elegante y residencial, a las afueras de la ciudad.

A pesar de lo que algunos imaginan, sus adeptos nada tienen que ver con el vampirismo clásico, sino más bien, con otra clase de perversión mucho más lozana y divertida. Para ellos la luna en su plenitud, otorga mayor indiscreción y el jardín, que durante las reuniones carece de luz artificial, queda deliciosamente trazado entre claroscuros excitantes; pero sobre todo, a la vista de aquellos que solamente buscan el placer observando a los demás.

 

En este club privado nadie oculta su identidad y gozan del sexo a cara descubierta. Cualquiera puede imaginar que eso resulte peligroso a la hora de mantener en secreto sus prácticas, pero no es así. Existe un pacto de silencio. Lo relativo a la discreción, aquí es fundamental. A nadie le interesa que sus nombres se vean envueltos en escándalos de este tipo y las leyes internas del club son muy claras, además de estrictas y severas.

Más allá de los muros de la casa, nadie se conoce. No se saludan ni quedan para salir; ni tampoco hay nunca un final de cuento para nadie. Toda la historia se limita a aprovechar al límite la estancia, durante esas noches.

A veces ocurre que salta el enamoramiento, las menos, pero en ese caso, el reglamento es contundente: Se debe abandonar el grupo y seguir la relación fuera.

Con sus anonimatos asegurados y totalmente protegidos, la única preocupación del invitado, al entrar en la mansión, es recoger “la llave adecuada”. Para algunos, ese detalle, además de emocionante, significa el toque de distinción del Club respecto a otros de la ciudad. Escoger tu llave de acceso al placer, entre un gran manojo, resulta siempre apasionante. (Negra para hombres hetero, burdeos para mujeres heteros; amarilla en el caso de lesbianas, verde para homosexuales…)

A partir de este momento las cosas transcurren con inusitado interés y una vasta excitación ubicada en el epicentro más íntimo. Totalmente expectantes, ahora las normas del juego invitan a encontrar lo antes posible, la cabina del deseo que ceda al introducir la llave, y que cada miembro del club guarda en su mano.

 

 

Las cabinas del deseo, son pequeños habitáculos donde se ocultan voluntarios “para ser el regalo inesperado” de los miembros del club con acceso a este particular servicio. Un voluntario de cabina, debe aceptar al invitado que le toca por suerte, y bajo ningún concepto puede rehusar a ser utilizado como deseara el dueño o dueña de la llave.

 

 

Jacob, uno de los voluntarios que espera

recibir a la socia que tenga la llave
de su cabina, y sorprenderla con sus encantos.

 

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Nadia, voluntaria para ofrecer placer

a las mujeres con llave amarilla.

 

Las cabinas, están repartidas a lo largo y ancho de la magnifica finca, y a veces, lleva algún tiempo encontrar la tuya. Una vez localizada, cabina y amante, puedes copular en el interior, de pie; entre estrecheces y paredes de bambú, fuertemente asido a tu pareja de destino; o salir al exterior para disfrutar del placer en horizontal, entre palmerales y exuberante vegetación.

Pero sin duda lo más destacable en este grupo, es su particular y espectacular modo de recibir a los nuevos miembros.

El onanismo es una práctica habitual para los iniciados. Y la señorita Amanda Fitzgerald jugaba un papel importantísimo.

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                                                                        Amanda Fitzgerald. La Emperatriz

 

Amanda, vecina del número 3 de la calle Doctor Fleming, es una asidua a las fiestas de sexo. Es una mujer alta y delgada, muy atractiva. Solía llevar el cabello castaño largo y abundante, esparcido por la espalda, impecable y brillante, como una de esas modelos de los anuncios de champús. Era muy popular y en el ambiente era conocida como La emperatriz. Vestía de forma elegante, pero no siempre. Solía disfrazarse: algunas veces de entrenadora, ejecutiva, militar, ama. Siempre a la carta. Solía utilizar medias de finísimos derniers y zapatos altos de tacón, aún cuando se metía en papeles más deportivos.

 

Si se daba el caso, las faldas solían ser de tubo y dibujaban curvas perfectas, perspectivas de vértigo. Solía acompañar las prendas  más sobrias con vaporosas camisas de seda, normalmente de colores básicos, como el blanco, el rojo, el negro o el gris, y con una ajustada americana. Cuando Amanda entraba en acción, era exclusivamente para recibir a los nuevos socios.

Ordenaba a los hombres colocarse en fila a un lado, y a las mujeres frente a ellos, en otra linea. Entonces, Amanda Fitzgerald, “La Emperatriz”, se paseaba entre ambas hileras para realizar una inspección ocular, algo parecido a lo que se estila en el ejército. Solía acompañarla una pequeña fusta de madera rematada con un plumero de tiras de cuero que asía en la mano izquierda. Mientras caminaba, con ese aire de superioridad, envuelta en su brutal belleza lasciva, se iba dando golpecitos en la palma de la mano derecha. Si en algún momento la inexperiencia o el miedo a lo desconocido, aún no te habían lanzado en brazos de la excitación y la lujuria más salvajes, ahora, sin duda, entrarías en el juego, a medida que tus ojos se acostumbraran a ella y a los tiempos que marcaban en la sala, sus impresionantes tacones de aguja.

– No sé si entre vosotros hay algún imbécil que ya se le haya puesto dura -vocifera-. Espero que no seáis tan sensiblilones, porque nadie en mis filas se corre antes de que yo lo diga. ¿Si?
-¡Sí, emperatriz! -contestan los hombres al unísono.
-Bien. Voy a pasar revista a vuestras pollas. Me gustan grandes y  juguetonas. ¡Preparar vuestros paquetes porque tomaré lo que es mío!-Amanda se acerca como una cobra a uno de los hombres de la fila-. Voy a disfrutar viéndote sudar sangre. ¿de acuerdo, pringado?

– Sí, emperatriz -responde con gran sumisión mientras cae en picado al profundo pozo de sus ojos negros.
– ¡No me mires, estúpido! ¡Ya sé que te gusto, pero no soy para ti! ¿Quién te has creído, imbécil? -pregunta lanzando una carcajada maléfica muy bien estudiada. Después intenta provocarle acercándole los pechos al torso-. ¿Sabes? El atrevimiento aquí se paga muy caro. No entiendes lo que has hecho mal todavía ¿verdad? Ahora vas colocarte de rodillas y besarás la punta de mis zapatos. ¡Hazlo! ¡De rodillas, grosero!
El hombre obedece.
– ¿Y vosotras?-se dirige a la fila de las mujeres-. ¿Qué estáis mirando? ¡Os quiero ver en ropa interior! ¡Vamos!, ¡Ahora! ¡¡Os comenzareis a masturbar sin quitarse las bragas!! ¿Me habéis comprendido perras?
Algunas mujeres asienten con la cabeza.
– No os oigo, zorras estúpidas. ¿Qué habéis dicho? -la Emperatriz insiste mientras agita amenazadoramente la fusta en el aire. El chasquido restalla infringiendo dolor aun sin tocar la piel. Las participantes, atemorizadas, comienzan a tocarse. Satisfecha, Amanda continua:- Bien preciosas ninfas de prostíbulo barato, ¿no queréis qué os ponga el culo rojo delante de este grupo de rupestres, que lo único que piensa ahora mismo es meterla en cualquiera de vuestros agujeros, verdad?

– ¡No, emperatriz! -vociferan las iniciadas a la ceremonia.

Luego se dirige al hombre al que había castigado, que continua en la posición del perro lamiendo sus zapatos deportivos.

– ¡Ya has terminado, imbécil! ¡Arriba! Quiero ver si tienes levantado el ánimo -dice mientras le palpa el miembro por encima del pantalón de oficina-. Estás totalmente empalmado. Bien, cariño, eso no es malo, ¡si no te corres!-. La emperatriz le acerca los labios al cuello y le azota la yugular con la punta de la lengua. El iniciado jadea profusamente.

Mientras tanto las mujeres, que se hayan sumidas en sus propios placeres en grupo, miran a los hombres mientras se acarician por encima de las bragas. Unas se tupen el clítoris, otras se dibujan pequeños circulitos deliciosos, y algunas, las más atrevidas, optan por apartarse la prenda a un lado, para introducirse los dedos en una profunda metáfora costal.

Tras unos minutos, siguiendo órdenes de La Emperatriz, las cosas cambian. Ahora deben intercambiar tocamientos, se deben masturbar, de pie, unas a otras.

 

 

 

Lucia, una de las inicidas.

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Amanda que sigue paseando su cuerpo con gran solemnidad entre los debutantes, se dirige a los varones sin dejar de vigilar a las mujeres, mientras grita:

Ahora, chicos, quiero vosotros os quitéis toda la ropa. 
Los hombres obedecen. Saben que es un requisito indispensable si quieren formar parte del selecto club, y están dispuestos a todo. Algunos, muy excitados, intentan dolorosamente contener la emoción que asoma a borbotones.
Mientras tanto las mujeres, en fila, frente a ellos, siguen en sus divertidos juegos lésbicos.
– Ya estáis muy cachondas. Así me gusta ver a mis chicas -proclama mientras asalta a una atractiva joven rubia y la besa apasionadamente en la boca. Después la arranca de la fila, la coloca en el centro y le obliga a enseñar el culo a los hombres-. Mirad este culito. ¿No es para comérselo? -pregunta cacheteando varias veces la nalga de la joven, hasta que le salta la rojez.

 

 

 

 

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Los hombres contestan:

– Sí, emperatriz.
– Y vosotras, ¿a qué esperáis para hacer lo mismo que esta preciosidad? Vamos, no seáis tímidas, y mostrad vuestros elegantes traseros a estos jinetes que os desean montar como a yeguas calientes…¡Vamos, putitas! ¡El culo! -ordena Amanda agitando la fusta- y luego añade-. Ya sé que lo estáis deseando. Queréis unos y otras, cruzar la linea, follar como animales… De acuerdo…
Pero cuando La Emperatriz estaba a punto de finalizar el acto de iniciación, la entrega final, se dio cuenta que uno de los socios, en la segunda fila, un hombre de mediana edad tenía a sus pies manchas de semen.
– ¿Es verdad? ¿Es-eso-semen?– le preguntó con gran severidad-. ¿Quieres decir que te has corrido a pesar de mis órdenes?
El iniciado asintió compungido.
– ¡Límpialo! ¡De rodillas, inútil! Lo harás desaparecer con la lengua…
El debutante obedece mientras algunas mujeres esconden la cara en los pechos de las compañeras o emiten sonidos de asco.
Cuando acaba el castigo, La Emperatriz le ordena levantarse, vestirse y le obliga, entre lindezas, a que abandone el club. La próxima ocasión, deberá seguir a rajatabla sus órdenes si desea ser miembro del Sex & Privilege.

 

El acto finaliza cuando la Emperatriz eleva la fusta por encima de su cabeza y la deja caer hasta sus pies, azotando el aire con el plumero de cuero. Por fin, los iniciados se relajan, sobre todo los hombres, que ya podrán dar rienda suelta a sus instintos contenidos. La Emperatriz da la última orden: “Amaros los unos a los otros”…Y los nuevos miembros lo celebran con una esperada orgía, como no, acompañada de un buen banquete a base de verduras del mediterráneo, mariscos y caza, y según marcan los canones del buen comer y beber, excelentes vinos y champán francés.

 

 

 

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Amanda a vuelto a casa. Son las siete de la mañana. Está cansada. Se desviste deprisa, se desmaquilla con impaciencia. No desea otra cosa que meterse en la cama, cerrar los ojos y desconectar del mundo. Sin embargo, el timbre de la puerta rompe sus planes.
Se dirige a la puerta y coloca el ojo en la mirilla. Después abre con una mueca de fastidio. Es la portera ¡Otra vez!
– Señora Yolanda…
– Perdone las horas, Amanda, ya sé muy bien que acaba de llegar y que estará cansada. Pero es importante.
– Dígame.
– ¿Puedo pasar?
– Claro, perdone. Sea breve. Tengo sueño.

-No será tanto, ¿eh? Usted ya me entiende…

-¿Perdón?
– El sueño que tiene… ¡Qué ,sí! Qué no se preocupe. Será muy rápido. Tan rápido como esto.
La portera saca un revolver. Amanda retrocede varios pasos sorprendida y aterrorizada.
– ¿¿Sra. Yolanda?? ¿Qué significa …?
– ¡Significa que esta jodida!
– ¿Por qué? ¿Qué le he hecho yo?
– Siéntese. ¡Vamos! ¡En la cama!
Amanda obedece.
– ¡Eres un puto timo!! ¡¡A mi no me engañas!!
La bella joven se estremece.
– ¿¿Cómo??
– ¡Qué eres un fraude!
– ¿Cómo se ha dado cuenta? ¿Usted?
– ¿Una vulgar e inculta portera como yo, quieres decir?
– Sí… Digo, no. Ya me entiende. ¿Cómo?
– Por un detalle simple. Tu falta de imaginación. Lo vi primero en tus ojos. Tu mirada es un cesto vacío. No hay un atisbo de creatividad.
– ¿Mi falta de imaginación?-preguntó sorprendida. Giró la vista en dirección al espejo del tocador, por alguna extraña razón, sintió el impulso de revisar sus ojos y se topó con dos diamantes negros tan profundamente oscuros y brillantes, como el interior de dos pozos de agua bajo el titilante reflejo de la luna-. Me garantizaron que nadie se daría cuenta.
– Pues ya ves que te engañaron.
– ¿… ?
– Mira, guapa, los softwares ‘buscan y ensamblan’, ¿verdad que si? Total, que sería imposible con esos algoritmos tan definidos, inventar algo totalmente inédito. Alguien como tú sólo es capaz de innovar a base de copiar cosas y mezclarlas. Pero, un cuentecito sencillo, con nuevos personajes, historias jamás contadas, como podamos hacer cualquier ser humano con un mínimo de imaginación, eso se os resiste. ¡Os es completamente imposible! ¡Y yo te cacé, Manué! 

-¡¡Bravo, señora Yolanda!!-. Amanda la aplaude mientras la anciana portera la apunta a la cabeza, agarrando la empuñadura con ambas manos-. Sorprendente… Todo el tiempo que le ha debido llevar preparar esta encerrona. La niña, el cuento, su incontinencia… Madre mía. ¡Y yo que la tenía por una vieja pesada y estúpida!

-Pues ya ves… Una que lee mucho.

¿Y mis ojos? ¿Qué es eso?

-¿Los ojos? Bueeeno, te diré, querida mía  que no hay nada mas interesante que los ojos. ¿Alguna vez te has perdido a solas en la mirada de otra persona? ¿Y de esos a los que sueles humillar? ¿O del ser amado y no amado, del amigo y del conocido, del jefe y del compañero de trabajo, de un niño y un anciano? Los ojos emiten una energía que es la misma energía del alma. Cuando miro a los ojos y dejo que los otros miren en los míos, estoy abriendo puertas hacia un mundo de comprensión y amor. ¡PERO, TÚ QUERIDA, NO TENIAS MARIPOSAS NI ARCOIRIS EN LA MIRADA! ¡NADA! Solamente un pozo negro.   ¡Eres un puto robot de INTERFACE!
– Vaya, vaya, vaya… Si sabes hasta quien es el fabricante ¡Fiiiiiuuuu! ¿Y ahora, qué, abuelita?
– Ahora todo ha acabado. No podrás seguir engañando a esa pobre gente. Te voy a matar.
– ¡Mujer estúpida! ¿Cómo piensa atravesarme como esa mierda de balas ? ¿Cree que acabará conmigo?
– Por supuesto.
Amanda estalla en una sonora carcajada. La portera pierde los nervios y comienza a presionar sobre el gatillo. Cierra los ojos. Apunta, y… Todo parece acabar, sin embargo, en ese preciso momento la policía irrumpe en el apartamento, la reducen y se la llevan esposada mientras grita y patalea, farfulla cosas que a nadie le parecieron coherentes. El inspector se excusa con la bella joven y le guiña el ojo. Amanda le reconoce, es un socio, un habitual de Sex & Privilegie, su selecto club de alterne, aunque las normas y la discreción le obliga a disimular.
– Has tardado mucho– dice Amanda a la hija de la portera que entró junto al grupo policial-. ¿Dónde se llevan a tu madre?
– Al psiquiátrico donde no debió salir nunca.

 

Ambas ríen divertidas. Amanda y la hija de la portera se introducen entre las sábanas. Unen sus cuerpos desnudos. Comienza la cópula cuando una imagen holográfica, nacida desde el centro mismo del deseo, se presenta como el Club Sex & Privilege Virtual.

Y todos -o casi-, felices, contentos y excitados.

 

-FIN-

 

 

 

Bienvenidos a un nuevo mundo de sensaciones.

 

¿Quiere mantener sexo?

 

Elija la opción donde prefiera posicionarse:

 

– Sumisión
– Dominación

 

      Y relájese profundamente. Enseguida pasaremos a buscarle”

 

 

 

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