Amor Verdadero no es decir te quiero…

No Tags | Historias de amor y una pizca de sexo.

Sentía hacía la tierra que labraba a diario un apego intenso, comparable sólo a la extraña fascinación que le producían las mujeres.

La tierra se le aparecía frecuentemente en sueños personificada en una figura femenina, Carmela; esa mujer que no se decidía a ser suya, ni de nadie, que llevaría a la tumba su cuerpo intacto y sus pasiones ahogadas, y que igual que una diosa de la fertilidad, los elementos dormían en su alcoba aparentemente lejanos e impasibles. Apagados.

Juan el estirao  no estaba por la labor de dejarla echar a perder. A veces al rajar una sandía, colorada y reventona, abierta como una flor sobre el plato, la devoraba con pasión imaginando como sería entregarse a la vía láctea de su escote. Otras, la tierra que trabajaba, se le antojaba representada por el regazo de ella (cuando sentada con las piernas abiertas y el cazo sobre el delantal, de bruces al hornillo, pelaba patatas junto a la ventana), las semillas y la lluvia por el semen, y el arado por el miembro viril. Y de la misma manera que la fertilidad de la tierra y la de la mujer caminan parejas, sus labores en el campo las relacionaba con la actividad sexual.

Cuando abría un boquete con su escardillo y aparecía el hoyo orondo y fértil, abierto de par en par, claroscuro de calor y frío, apasionante misterio de la naturaleza con el que solía excitarse hasta enloquecer, él mojaba los pantalones empapado en sudor y liado en el embrión del pensamiento íntimo. Luego, tras el desahogo, caía de rodillas sobre su amada y los testigos de ésta: el mulo, el escardillo y el arado. Después, en posición fetal, recogido sobre su propio abrazo, aullaba como un lobo moribundo sobre una trampa.

 

 

 

A menudo pensaba detenidamente en ello, boca arriba, en el catre, con los ojos asidos a las cañas del tejado y un libro recién publicado de Lorca abierto por la mitad, sobre el pecho. Pronto, si seguía así (masturbándose como un poseso), moriría tísico y ciego, como le había dicho el cura una vez,  cuando de chiquillo le llevaron al confesionario porque la amiga de su madre le había sorprendido haciendo “guarrás” mientras ella lavaba la ropa destetada, de bruces al lebrillo.

Carmela necesitaba brazos que no sean brutos. A diario había que sostener una batalla con las malas hierbas (los acosadores), con los cardos (los pretendientes), con los pedruscos que salen no sé sabe dónde. Únicamente sus brazos tenían que ser sus dueños, que mimen y dominen, otras que cedan sutilmente; que hagan brotar las simientes. Brazos y abrazos que den hijos.

Pero, enseguida, los pensamientos propios, son sustituidos por los dictados de los hombres arraigados a sus tradiciones; su padre, sus abuelos; y más allá, sus ancestros, en un bucle mítico. Simplemente, llevársela sin más, sería lo mismo que ahorcarse en mitad del monte, envuelto en el desconsuelo de humo de la plañideras, y de los llantos de su madre y su hermana.

Su dolor, a estas alturas, era un profundo cante jondo. Su entrega a la naturaleza contradecía todas las tradiciones y creencias que le habían inculcado. La naturaleza, promovía el amor libre entre sus criaturas; sin embargo, la iglesia,  imponía absurdas y dolorosas contriciones. (Recordaba, de nuevo, con profundo dolor, el arrepentimiento adolescente de ese día después de masturbarse, ante el temor de perder la mano o el brazo por cangrena que enviaba el demonio.)

 

 

 

Una mañana, cansado de los pensamientos y contradicciones que taladran su cabeza y le roban la salud, entró en la cocina. Vio a Carmela, su dulce ensoñación, su amor de siempre, de frente a los fogones. Lo que más deseaba en este mundo era sorprenderla por detrás mientras removía el puchero y echarle las manos al pecho; y también quizá, sólo quizá y si ella quisiera, subirle las enaguas y bajarle las bragas, aproximarse con el arado en firme y tantear entre los cachetes por si se abrían las esperanzas.

Carmela… Susurró a su oido. Carmela, yo te quiero…

Sabía que cualquier acercamiento iba a ser a primera vista un esfuerzo redundante; aun así, debía intentarlo.

Se le cayó el cucharón al suelo. Y también la falda, y la enagua. ¡Cuántas veces ella le había deseado!

Entonces las esperanzas se abrieron como las ventiscas abren claros en el cielo. La tierra se le ofrecía por primera vez en una bacanal real y maravillosa, cuando Carmela le respondió con una sonrisa afirmativa.

El joven amarró sus manos campesianas a la cintura de su niña amada  y la sentó en la mesa de roble mientras ella le introducía en la boca una pequeña onza de chocolate que guardaba en la mano. Masticó moviendo con sensualidad sus labios carnosos, y  la joven comenzó a lamer apresuradamente los surcos de la boca cubiertos de chocolate. Nunca nada le supo tan dulce.

Y antes de acabar el suculento bocado, ya se habían echado uno encima del otro con la urgencia precisa que reclaman los años y la juventud, entre cerezos y olivos asomados a las ventanas, y poemas de Lorca que el viento recita en su noble intención por amortiguar los gemidos de los amantes. Por fin…

 

 

 

 

abrazados

 

 

 

 

Amor verdadero no es decir te quiero, es lo que te ha llevado a decirlo.

A decírselo…

 

 

Dedicado a todos los habitantes de otra generación, que amaron a tientas y a oscuras, víctimas de la represión de sus propios prejuicios y de  la oscura sociedad de aquellos tiempos.

 

 

 

Y en especial, a mis cuatro abuelos de Málaga. A los que yo quise tanto. Y tanto recuerdo.

 

 

Buenos días.

 

 

 

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