Caperucita no quiere ser virgen

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Cada mañana tras lavarse los dientes, Molly Barnes, a quien llamaban Caperucita desde pequeña, se untaba los labios con brillo de color rojo aun estando en camisón. Después, cuando sentía su boca encarnada, lisa y brillante como una cereza,  seleccionaba uno de los cepillos hacinados en el interior de una vieja caja de galletas y tras sentarse frente al tocador, peinaba su preciosa cabellera dorada. Luego, se ocupaba de elegir la ropa cuidadosamente, sobre todo la única prenda interior que utilizaba, la braga y, escogía entre una pila de zapatos el más idóneo, no a su atuendo sino a su estado de ánimo.

De pie, frente al espejo del vestidor, Caperucita podía contemplarse de cintura para abajo y se gustaba, a veces tanto, que solía masturbarse lentamente imaginando su mano la de un hombre maduro.

Por lo general, solía fantasear con la idea que los dedos pertenecieran a su primo Patrick, el hijo mayor de la hermana de su madre, de treinta años, quien siempre le gustó en secreto. Sobre todo, cuando le veía sentado de espaldas ordeñar a la vaca. Sus piernas abiertas, a ambos lados del taburete, las imaginaba duras y musculadas a tenor de la pernera a punto de hacerse jirones por la tensión. Ella solía dar la vuelta para que la descubriera de frente, entonces la saludaría como hacía siempre, con una espléndida y radiante sonrisa de oreja a oreja. Y con mucha suerte le ofrecería leche.

-Hola Caperucita. ¿Ves esta teta cálida y enorme? ¡Pues contiene la bebida más sana que puedas tomar!

Él sacó un poco de leche de la urbe de una vaca, le goteó en la mano y tras comprobar con la lengua su calidad, se la ofreció a Caperucita. La joven se acercó, se colocó de rodillas y abrió la boca. Fue cuando Patrick le lanzó un delicioso chorrito al centro justo de la deseable embocadura y ella, complacida se reía, mientras tragaba con placer supremo el espeso cuajarón.

 

Aunque Caperucita nunca había hecho el amor y a sus diecinueve no tenía una idea muy precisa de lo que era un hombre de cintura para abajo, y menos aún, de lo que podían desear en una mujer, intuía que abrir la boca y tragar leche podía excitar a su primo. Las chicas del pueblo solían hablar de lo que hacían con sus novios y se recreaban a la hora de explicar escenas perversas, sobre todo, con lo referente a fluidos parecidos a la leche.

Patrick siempre la miraba infinitamente absorto, mientras ella, con la boca abierta, la cabeza hacia atrás y la cabellera espesa y suave extendida hasta la cintura, deglutía y demandaba más; a veces, con tanta pasión, que el líquido chorreaba de la boca y la barbilla hasta el pecho y las gotitas se colaban por el escote del corpiño para perderse en el canalillo.

Entonces, su primo, aprovechaba para recordarle que la leche es un alimento de Dios, y que por tanto, no estaba dispuesto a desperdiciar los manjares del Señor. Acercaba su cabeza al escote, sacaba la lengua y lentamente lamía el jugo que quedaba entre los pechos y por encima de éstos. La joven jadeaba entre saltitos apretando las piernas, intentando sofocar el hormigueo que violentamente asaltaba a ese cuerpo carnoso, pequeño y eréctil, que sobresalía en la parte más elevada de la vulva. Esperaba así a que su primo Patrick acabara de torturarla con esa lengua del demonio, grande, húmeda e inconmensurable; si no, en cualquier momento su sexo explotaría como una traca. Lo único que podía calmar esa insoportable desazón genital era apretar las piernas, o mejor aún, masturbarse, ya que el dolor del deseo insatisfecho era mil veces peor que la vergüenza. Así que no dudaba. No se cortaba ni un pelo a la hora de introducirse los dedos en su joven y delicioso coñito. Y él entonces sacaba la cabeza de entre los pechos para mirar atentamente lo que hacía Caperucita. Y muchas veces, cuando la enagua se lo permitía, ¡sorpresa!, descubría un labio que se había escapado de la braga.

 

 

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Patrick, el primo de Caperucita, era un leñador treintañero, musculoso y atractivo, con reputación de Don Juan. Las chicas del pueblo solían explicar con pelos y señales todos los tocamientos y cabalgadas a las que las sometía, pero Caperucita nunca las creyó. Quizá porque a ella no la había montado nunca.

-Patrick, ya no puedo más– le dijo una vez la joven tumbada entre el heno, mientras el hombre lamía la leche de vaca derramada en sus senos-. Por favor, quiero que hagas conmigo lo mismo que les haces a las otras chicas.

Pero él, a pesar de las innumerables súplicas, no iba más allá de los salvajes lametazos.

Caperucita intentaba provocarle siempre que entraba a su establo con la esperanza de que algún día le arrebatara la odiosa virginidad. Esa cruz comenzaba a pesarle como un saco de cien kilos. Lo que ella no podía imaginar, ni siquiera en sueños, era que a él lo que realmente le complacía era mirarla mientras se tocaba. Después, encendido como una tea, tenía que salir al galope del establo como un pura sangre, buscando el desahogo en Pearl, la mujer de su compañero y amigo, Steven Jones.

Pearl, era una mujer morena, grande y robusta; una mula de tetas y culo considerables como canastas de leña, y con una vulva tan amplía que podía acoger con comodidad los miembros viriles de dos hombres a la vez. Daba la casualidad que muchas veces que acudía el joven para desfogarse después del calentón con Caperucita, la doña retozaba salvajemente con su esposo sobre los sacos vacios de leña. Como Steven no era un hombre celoso, al verle aparecer, lejos de enojarse, apartaba a su mujer para exponerla boca arriba todavía con el sexo humeante y espasmódico, invitando a su amigo a participar en el festín. Y el joven leñador la acometía con una nueva, dura y violenta intromisión. A Patrick le volvía loco joder con la madura señora Jones en presencia de su marido, el cual miraba con gran complacencia. (Siempre eso era infinitamente mejor, que su jefe y padre de Caperucita descubriese que había desvirgado a la niña, porque era capaz de cortarle las pelotas con una hoz y arrojárselas a los cerdos.

 

 

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Y así pasaban las semanas y los meses…Y hasta algunos años transcurrieron sin que Caperucita se atreviera a pedirle a nadie (excepto a su primo Patrick, aunque infructuosamente), que la desflorara.

 

Un día, su madre, le mandó llegarse hasta casa de la abuela, al otro lado del espeso bosque que rodeaba la aldea. Estaba enferma y precisaba algunos medicamentos. No lo dudó.

Se vistió con un corpiño de color fresa, una faldita a la que le faltaban dos palmos de tela y una pequeña capa encarnada que resaltaba su pálida belleza. Atravesó el bosque alegremente, canturreando y pensando en sus cosas. Casi siempre eran temas relacionados con su venerado primo, de quien seguían contando barbaridades que la excitaban y la humedecían durante largas noches estrelladas. (Como que había copulado a la vez con la panadera y su hija, Beryl, en el catre de la abuela mientras esta miraba y se masturbaba).

De pronto Patrick quedó enterrado en las entrañas de su mente, cuando una visión la sobrecogió: Un joven de su edad que dormía desnudo y apacible entre la hojarasca, junto al camino. Quedó fuertemente impresionada. Siempre había creído que se trataba de una leyenda, como decían muchas mujeres del pueblo.

Se contaba que un apuesto lobo (que empotraba a cualquier hembra que cruzara por su territorio), se convertía en un bello hombre al amanecer y que al caer la noche, este volvía a su estado natural, salvaje y feroz.

Caperucita se acercó sigilosamente, se agachó junto a él y olió su desnudez. Se cubría púdicamente con un pellejo de animal extendido desde el abdomen -tensado como la piel de un tambor y marcado con celdas que dividían el vientre-, hasta los muslos. Era moreno y tenía el cabello largo y liso hasta la cintura. Le recordó a uno de esos indios grises que salían en las películas en blanco y negro, agitando al aire un machete y gritando como un animal antes de cortar la cabellera a un Yankee. El muchacho de repente movió el cuerpo, la piel se desplazó inesperadamente hacia un lado y quedó en cueros ante Caperucita, que sorprendida y asustada, dio un respingo hacia atrás. Pero cuando vio que el joven no se había despertado, sonrió pícaramente. Por fin, y gracias a Dios (supuso que algo habría tenido que ver la divina providencia, dadas las circunstancias), podría dejar de fantasear para comenzar a vivir realidades muy prometedoras; y sobre todo, pasar a la acción.

Lo primero que tenía pensado era besar suavemente los labios del joven. Y así lo hizo. Después se fijó en sus partes íntimas: El glande apuntaba a la cadera y era de color sonrosado, redondo y carnoso como un champiñón. Se arrodilló, luego se estiró a su lado y colocó la cabeza junto al falo antes de acercar la boca. Pero entonces, el joven lobo, abrió los ojos muy alterado e intentó incorporarse mientras, confundiéndola con un atacante, la agarraba fuertemente del pelo. Por suerte, pronto cayó en la cuenta de que sólo se trataba de una joven bonita y curiosa y además muy apetecible.

¿Me dejas probar, por favor?-le dijo Caperucita algo tímida. Y el respondió asintiendo mansamente con la cabeza, mientras volvía a recostarse sobre la hojarasca.

Tal y cómo le habían contado, a los hombres les gustaba que las mujeres se introdujeran aquella cosa en la boca y que  apoyaran los labios suavemente sobre el falo, y una vez ajustados a la piel, se presionara levemente. Después había que sacar la lengua que debía acompañar a la boca en todo momento. Y así lo hizo. Como una buena aprendiz. La excitación del lobezno alcanzó el cenit al observar a Caperucita, bella y apasionada, dispuesta, lamiendo dulcemente sus testículos duros, con los pechos desnudos y las braguitas tensadas por los tobillos. Entonces, se incorporó para atraparla como a una gacela, atacando desde atrás las apretadas nalgas blancas e impolutas, después de arrebatarle la cándida falda. La beso y la mordió. La azotó por su atrevimiento y, tras amarla salvajemente, horadando todos sus chicos orificios como se merecía una muchacha doncella, le pidió matrimonio.

 

Por fin, la niña Molly, a quién desde pequeña llamaron Caperucita, virgen hasta los veintiuno, acabó con un joven de su edad, apuesto, inteligente, deportista, y lo más importante, grácil empotrador. (Aunque intolerante a la lactosa. Nadie es perfecto). Y aunque su abuela se quedó compuesta y sin medicamentos aquella dulce noche, no tuvo consecuencias fatales, ya que se trataba de una gripe y se curó muchísimo mejor sin la ingesta de antibióticos.

 

Al bodorrio de Caperucita y el Lobo Feroz, asistieron muchos invitados, entre ellos su primo Patrick, al que sorprendieron montando a una guapa invitada en los lavabos del restaurante, mientras Pearl se entregaba a una apasionada felación con un joven camarero camerunés, ante los ojos complacientes de su generoso y amante esposo, Steven Jones.

 

Al final, todos contentos, excitados y felices.

FIN

lobo


2 Comments

Name says:

10 agosto, 2015 at 10:44 am

GENIAL RELATO QUE TE HACE VOLAR DE NUBE EN NUBE SOBRE EL CIELO DE LA sensualidad, “SIN PELOS EN LA LENGUA” !! <3

Kuki García Kirsch says:

3 octubre, 2015 at 10:41 pm

Gracias! Celebro q te haya gustado! Un abrazo, Reader!

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