Cuerpos prohibidos.

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En mi infancia parecía no existir la muerte, una enfermedad fatal, o cualquier otro incidente drástico de mala suerte que pudiera alejarme de una vida relativamente feliz. El destino me había alojado en el interior de una bola de cristal grávido de líquido amniótico, así que de todos modos cualquier asunto insidioso que se atreviera a invadirme, toparía con un muro infranqueable. Por suerte, éste, estaba formado por hechos circunstanciales asidos los unos a los otros en un tetris infinito: la fe, la desmedida imaginación, el alejamiento de toda realidad, una holgada situación económica familiar, todo ello me protegía, al menos por el momento.

Por eso cuando murió una compañera de clase en un desgraciado accidente de tráfico, con tan solo doce años, fui realmente consciente de lo triste e injusta que podía fraguar la vida: asechanzas del diablo, desgracias imprevisibles, también inconsolables, momias que avanzan irremediablemente. El mundo se presentó ante mis ojos, de repente, como la mano negra.

Fue, ante este hecho tan desgraciado, como revelador para mi, cuando un hombre con bigote de veintitrés años llamado Lorenzo, me escribió unas sorprendentes frases en un trozo de papel arrancado de una libreta. Recuerdo que eran las tres de la tarde, tras el patio que seguía a la hora de comer, cuando Madre Encarnación sacudió la caña e hizo vibrar enérgicamente la campana. Entonces, nada más ocupar mi pupitre junto a la ventana, me dejaron en la palma de la mano un papel cuadriculado doblado por cuatro veces. La nota me fue entregada por una de las afortunadas alumnas que marchaban a comer a casa. (Todavía recuerdo a aquellas niñas que volvían al colegio acompañadas de la aurora de la tarde, peinadas y perfumadas, como recién salidas del baño. No todas las envidiaban como yo, o quizá no con tanta pena, porque significaba un respiro de la escuela y daba cierta categoría: haber pasado por el tocador y las gotas de colonia por la tarde distinguía, notablemente, del resto, en un grupo de niñas en que tal cosa podía llegar a ser importante.)

Así que, con la nota desplegada, leída pero no comprendida del todo, me asomé por la ventana para ver quien era ese señor que me escribía, pero sobre todo, lo más inexplicable para mi, que esperaba a que yo saliera de la escuela con tanta premura.

Pasé varios días viendo por la ventana del colegio al hombre misterioso cernirse lóbregamente sobre una moto Ducati negra. Parecía estar fundido a la chapa y a la pintura, tan solo advertía unos ligeros movimientos de cabeza, cuando fugazmente, la izaba para enganchar la vista a la ventana. No creo que en ese momento yo pensara en algo maligno o benigno, a pesar de lo increíble de la situación. (Creo que tuvo que perder muchas horas de su trabajo para estar bajo la ventana de mi clase. Quizá esperaba ver algo más de mi, que una cabeza de pelo enmarañada.)

Luego, pasadas las cinco de la tarde, superado el estrepitoso campaneo que anunciaba el fin de las clases, yo abandonaba el edificio por la puerta de atrás, y un viernes por la tarde que mi padre no vino a buscarme, el desconocido me sorprendió por la espalda. La idea de hablar con él posiblemente no era buena, y mis padres aparecieron en mi cabeza con sus terribles prohibiciones sobre el hecho de conversar con desconocidos, pero tampoco mencionaron nunca cómo actuar en términos prácticos.

Ahora debía tomar decisiones, por mi misma, ya era mayor para esas tonterías; demasiado mayor, desde luego. Ese hombre dijo en su nota tener veintitrés y yo doce. La relación entre nosotros era ilógica. El hecho, como apuntaba en su nota, de ser el hermano de Silvia, la compañera muerta en accidente de tráfico, no le hacía del todo un desconocido al fin y al cabo, pero el desear un acercamiento después de observarme junto a mis compañeras en la iglesia, durante la misa que precedió al funeral por su hermana, me resultaba fascinante.

La única razón que yo encontraba, era que estuviera enamorado de mi, eso que solo ocurría a veces en las películas, y bueno, quizá también en la vida real, aunque no era el caso de nadie que yo conociera. (Excepto mi prima Laura, que cayó completamente rendida a los pies de un legionario a quien sus padres detestaban por pobre y canijo.)

El enamoramiento a nuestra edad era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego algunas de nosotras lo conocíamos, aunque nuestras madres, tanto las naturales como las educadoras, no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra sexo evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera al apuntarla con el pie antes de darle una patada. De modo que no me pregunté sobre los motivos que tendría el hombre para querer hablar conmigo. Simplemente, sonreí, bajé la vista a mis zapatos y supliqué para que él hablara primero.

 

Del diario de Luanda García, en Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres.

 

 

 


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