El honor del amor.

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Hubo una vez un larguísimo periodo de tiempo en la historia de la humanidad, donde no existía internet ni por supuesto las redes sociales.

Las personas se conocían e intimaban por el tradicional método del contacto presencial, esto es, la interacción recíproca donde intervienen dos o más personas en un proceso comunicativo.

Durante uno de estos periodos de la historia donde se intimaba cara a cara, allá por el año 1532, en plena época Renacentista, transcurrió la historia que hoy os contaré. La de el hijo de un Rey, que llegó a ser un gran soberano, conocido y admirado por todos, pero que incomprensiblemente jamás tuvo esposa ni descendencia, por razones que no se llegaron a descifrar nunca. Hasta nuestros días.

 

 

 

 

 

La historia tuvo lugar en un bonito rincón de Francia, Sant Germain, donde, como si de un espejismo se tratara, entre las aguas de un bello lago, se alzaba una imponente fortaleza de ladrillo y piedra de absoluta sobriedad y aire militar. Allí gobernaba un rey (al que no daremos nombre, por no ser relevante en la historia), que vivía junto a una suntuosa corte; un contingente numeroso de servidores entre los que destacaba una Condesa, Eleonor, y su hijo, Gillian, un joven y valeroso caballero nacido con un ramo de virtudes, una belleza extraordinaria, pero un destino complicado.

Todo comenzó una noche de verano, en el que había tenido lugar una fausta ceremonia en conmemoración a los caballeros del Rey, por los valerosos servicios prestados en la batalla. El príncipe Enrique, heredero del soberano, advirtió que su mejor amigo, un joven e impetuoso caballero llamado Gillian, no estaba presente. Extrañó al Príncipe ese desplante en gran medida, y solicitando al padre permiso para retirarse de la mesa, salió rápidamente en su busca.

Abandonó la sala del homenaje, se dirigió al torreón principal y asiendo fuertemente una antorcha de grandes dimensiones que encontró unida al muro, se deslizó por las estrechas escaleras de la fachada.  Tuvo un mal presentimiento al ver un cuervo descansar sobre una pata en el alféizar del ventanal, pero se apresuró a restarle importancia – cosas de viejas y brujas- se dijo, y continuó la carrera en busca de su fiel compañero de batallas y mejor amigo.

 

 

 

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Llegando a la falda de la torre principal, después de haber atravesado el patio de armas, el Príncipe Enrique observó que el caballo de Gillian descansaba manso en los establos de la torre del ala norte. Y eso le causó una gran extrañeza, ya que nunca solían desmontar por allí. Supuso que su amigo no debía andar lejos; quizá alguna doncella le había retenido más de lo previsto. Alegre y confiado, el Príncipe se adentró en el interior de la torre. Y lo que vio le dejó petrificado: Una bellísima mujer yacía tumbada en el suelo, boca arriba, con el cabello extendido por la alfombra, como un campo de trigo bañado por el sol. Por un instante le pareció que estaba muerta. Dudó. ¿Y si era una trampa? La observó desde una distancia prudente, para en caso de ataque, desenvainar la espada y poder defenderse con alguna garantía. Al cabo de unos minutos, decidió, ante la quietud, acercarse. Colocó la oreja en su pecho y comprobó que el corazón latía normalmente. La observó con atención. Era extraño que una mujer vistiese con el uniforme  de los caballeros del Rey, pero imaginó que por alguna razón, habría intentado huir a caballo de la fortaleza ataviada de caballero, y pasar así desapercibida entre la guardia. La recogió del suelo en brazos, salió de nuevo al patio de armas, montó el caballo de Gillian, y partieron al galope. La desventurada joven quedó a su merced, apoyada en el pecho del Príncipe, aún inconsciente.

Enrique la llevó hasta sus aposentos y la tumbó sobre el lecho. Después se retiró a una butaca cercana. Pensó qué hacer con ella, como debía proceder. Pero pronto, al observarla entre las sábanas sintió una excitación extrema, un deseo irrefrenable, casi animal, una desazón absoluta nacida de su abultado sexo, solamente sofocado desnudando a la joven y yaciendo con ella. En ese momento, la mujer movió ligeramente una de sus manos, y el joven se asustó cayendo abruptamente hacía el respaldo de la butaca. Entonces se levantó y se acercó hasta el lecho. Se arrodilló y comenzó a susurrarle algunas palabras a la oreja.

– ¿Podeis oírme?

La joven se incorporó de repente respirando profusamente.

-¿Donde estoy? ¿Qué hago aquí? ¡Enrique!

– ¡¿Me conocéis?! ¿Sois de la corte de mi padre? -La joven dudó por un momento. No supo que contestar. Su boca, aún encendida por la fiebre,

titiló-. Sí. Os conozco muy bien.

– Vuestros ojos… Me cuentan una historia, no sé, como si nosotros… -El Príncipe reparó en ese momento en un lunar muy peculiar, en forma de corazón, que la chica tenía en el cuello y  sintió un escalofrío que le cruzó la espalda como un rayo-. ¡Gillian!

La joven se sentó en el lecho, colocó los pies en el suelo de tierra y se dispuso a huir, pero Enrique la atrapó por la cintura y la tiró al suelo.

– ¡Esto es una pesadilla!-dijo apesadumbrado el hijo del rey-. Por eso no os queríais bañar nunca conmigo o con los demás chicos en el río. Jamás os vimos gozar con una mujer, ni suspirar por un amor. Mi mejor amigo y compañero de aventuras, Gillian… ¡¿Sois una puñetera mujer?! -Enrique va de allá para acá dando traspiés-. ¡¿Cómo habéis sido capaz?!

– No sé… Desde muy pequeña mi madre me ocultó, para protegerme, según me dijo, bajo un cuerpo de hombre.

– ¿La condesa de Foix? ¿Con qué proposito? ¿De quién os debía proteger?

-Del Rey.

– ¿De mi padre? – En ese momento Enrique recordó que le habían contado que hubo un tiempo en que el Rey había jurado echar de la corte a cualquier mujer que tuviera más niñas, porque abundaban. En cambio escaseaban los varones, para su pesar y el de su ejército-. ¿Como os llamáis?

– Catalina.

– ¡Catalina! -El Principe seguía cruzando la estancia mientras gesticulaba con el ceño fruncido-. Vos y yo nos conocemos desde que éramos unos niños. Y jamás pude imaginar el engaño… ¡Esto no quedará así! ¿Me oís? -dijo apuntando a la joven con el índice-. Tú y la condesa de Foix seréis severamente castigadas por tal agravio.

– Mi señor… No es justo. – La joven se levantó y se colocó frente a él-. Yo os he servido fielmente en la batalla. Siempre he estado a vuestro lado.

Enrique sin prestarle atención le arrancó con las manos el traje de Caballero del Rey y Catalina quedó apenas cubierta con una camisa de hilo hasta las caderas. El Principe observó sus pechos tras la tela. Podía intuirlos perfectamente colmados y fluctuaban a razón de una respiración profusa, incitante, terriblemente provocadora… El hijo del rey movió la cabeza. Se apartó el mechón del pelo de la cara y lo pensó fríamente. No podía forzar a mantener sexo a quien había sido compañero y leal amigo durante veinte años, sin embargo, miraba a la muchacha y le parecía otra persona: Veía a una mujer muy hermosa. Catalina permanecía con los brazos cruzados sobre el vientre, intentando cubrir lo que podía. Estaba terriblemente asustada y muy avergonzada. Si no se hubiera desmayado nada de esto hubiera ocurrido. Conocía bien a ese hombre. Enrique se movía por instinto, era un animal de caza, sabía que tenía pocas posibilidades de salir de la alcoba con el virgo intacto. Ella le había amado en silencio durante todos estos años, sin embargo no deseaba que las cosas ocurrieran así.

 

 

 

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De repente, el hombre se abalanzó sobre ella como un animal salvaje y la lanzó sobre el lecho. Le arrancó la camisola y la dejó tumbada boca arriba, totalmente desnuda. Agarró firmemente sus muñecas y con un brusco movimiento le colocó los brazos por encima de la cabeza. Catalina quedó totalmente inmovilizada. El heredero consiguió olvidarse de Gillian, aunque solo a medias, y entre la ira por la traición cometida, y el endiablado deseo carnal en el mismo saco, enfocó su atención en el objeto del deseo; el cuerpo de una joven intacta. Comenzó a desatarse el jubón con la mano derecha, mientras seguía, con la otra, agarrándola de los brazos. Estaba preso por la excitación más salvaje y demoledora, ciego ante las consecuencias, de espaldas a la racionalidad. Pero el joven, incurrió en un gravísimo error, al subestimar a uno de los mejores caballeros del Rey, por mucha anatomía femenina que Catalina o Gillian tuviera. Y en un descuido, la mujer se zafó, dio un fortísimo empujón al joven y lo tiró al suelo de una fuerte patada. Enrique yacía aturdido. Catalina pudo huir en ese momento, sin embargo, no lo hizo. Dibujó en su rostro una sonrisa maléfica, le recogió, y le devolvió al lecho, tumbó de espaldas a Enrique, y de un movimiento grácil le sujetó por las muñecas atándole fuertemente con el cinturón de su camisa interior. Propinó varias cachetadas en las nalgas desnudas del joven hasta que vio saltar la rojez y  le dio la vuelta. Enrique soltó un grito. Pero por más que protestó, ordenó su libertad  y maldijo a Catalina, esta permanecía impasible, muda. Juntó las piernas del joven, estiradas sobre el catre y amarró los tobillos con una soga que encontró sujetando las cortinas. Remató la faena, colgando los brazos y los pies de una argolla de hierro asida al cabezal y a los pies de cama.

-¿Qué os proponéis, zorra?

– ¡Eso a vos no os importa maldito hijo de Satanás!

– ¿Matarme, quizá?

– Algo parecido, mi señor.

Cuando le tuvo totalmente inmovilizado, Catalina se colocó a horcajadas sobre el sexo del caballero real. Los dos suspiraron ante el sorprendente oleaje de sensaciones que llegaban a la playa de sus sexos. Era como si sus anatomías hubieran sido llamadas desde siempre para disfrutar  del placer .

 

Enrique suspiró profundamente al sentir el calor íntimo, la humedad de Catalina, el falo en ebullición, la fiebre del deseo, las ganas de entrar, de deslizarse como un loco en la cavernosa intimidad de la chica.

-¿Me deseáis?- preguntó Catalina mientras apoyaba ambas manos en su pecho y se movía sutil, frotándose ligeramente con el abultamiento.

Enrique, observó el cuerpo de la mujer erguido sobre él como una imponente amazona. Vociferó:

– ¡Por Dios, mi Señora! ¡Meteos dentro, de una vez, este mástil que a punto está de estallar de tanto deseo!

-¿Y no os importa, si yo fui…?

Enrique se agitó violentamente intentando liberarse de sus ataduras.

– ¡No perdáis más el tiempo! ¡No soporto esta espera! ¡Si os agarro yo mismo os poseeré salvajemente, y después os mataré. ¡Es lo único que os merecéis!

Catalina, le agarró del pelo.

-¡Callad, estúpido!

Alzó ligeramente el cuerpo, liberando las caderas del joven, para que el miembro viril se colocara naturalmente erecto, mientras le besaba con dulzura en la boca. Enrique cerró los ojos. Catalina arrió el cuerpo y se penetró con gran placer, suspirando a oleadas. Y a cada movimiento y en la maravillosa fricción; lenta, profunda y extremadamente sabrosa, los cuerpos temblaban.

Cuando los dos, exhaustos, acabaron de hacer el amor, el Príncipe ordenó su liberación.

-Desatadme, Catalina. Quisiera acariciaros.

La joven dudó.

– No, no es buena idea.

-Os suplicaré si lo que queréis. Os lo ruego, ardo por tocaros. Juro por mi honor que no os atacaré.

La joven le liberó convencida de su palabra. Pero en cuanto el caballero se vio desatado, la agarró por el cuerpo, la arrancó del lecho y la subió a sus hombros, cabeza abajo. Después se sentó en una butaca, la colocó sobre sus rodillas  y comenzó a azotarla en las nalgas con la palma de la mano abierta.

Catalina comenzó a gritar.

– ¡Sois la peste! – Enrique estaba fuera de sí. Después se tranquilizó. Catalina se apaciguó y pronto, con los ánimos y los deseos templados, salieron al jardín.

 

 

 

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-¿Y ahora que hacemos, señor?

– Seguiremos como hasta ahora. No conviene deshacer este engaño. Os mataran a vos y a vuestra madre.

-¿Podré seguir en el ejército del Rey, a vuestro lado?

-Sí, Catalina. No puedo prescindir de vuestro apoyo ni estrategias en el campo de batalla. Vuestro secreto está a salvo conmigo.

Y los días transcurrieron y también los años, donde ambos se amaban a hurtadillas, siempre en busca del oasis perfecto, ocultos en las sombras de bosques o ríos, de tiendas de acampada o alcobas cerradas bajo llave; siendo amantes en la guerra y en la paz, en las más arduas contiendas… Algunos llegaron a pensar -aún sin atreverse a ponerlo en manifiesto-, en la ambigüedad del Rey, en su hombría y en la peculiar relación que mantenía con su lugarteniente, Gillian.

 

 

 

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Nunca tuvieron hijos, aunque se habló de una joven a la que criaron en un convento cercano a Sant Germain. Pero nada se pudo comprobar jamás.

En 1540, cuando el Rey Enrique tenía 33 años, murió en la batalla. Gillian le recogió del suelo aún con la lanza atravesando su cuerpo y dicen que le lloró amargamente tres días y tres noches, ante su ejercito, sin disimulos ni artificios, hasta que finalmente pudieron separarle del cuerpo.

Nadie supo jamás de esta historia verídica (donde han sido sustituidos los nombres auténticos y muy conocidos por todos), ocultada para no mancillar ni vulnerar honores y secretos y salvar la vida de alguien a quien se amó por encima de todos los honores o vergüenzas.

En los anales de la historia, como en tantas otras ocasiones, quedó mal inscrito lo que en realidad aconteció, en este caso, la tendencia sexual de un Rey, que nada tuvo que ver con la realidad, y sin embargo, así se escribió para las generaciones venideras.

 

 

 

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Buenos días.

KGK


2 Comments

Fran says:

6 agosto, 2014 at 12:04 pm

¡Una historia excitante, conmovedora y suprema! Enhorabuena por tener ese dominio que te caracteriza de juntar palabras, enlazar ideas y crear vida en los personajes!

Kuki García Kirsch says:

6 agosto, 2014 at 12:22 pm

¡Gracias, Reader! Sigo aprendiendo y practicando el arte de la escritura creativa. Agradezco lo del “dominio”; me halabas Fran. Y sobre todo, me das fuerza para continuar adelante con optimismo e ilusión. ¡Un abrazo!

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