El internado de Berice Hill.

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– No quiero.

– No digas eso sin pensar.

– Es que no estoy segura…

– Mujer, las cosas aquí son muy aburridas. Hay que buscar pequeños momentos de diversión. Además, le dijiste a tus compañeras que yo te gustaba.

La chica, sentada sobre sus piernas, observó  la mano del Rector  y vio que ésta avanzaba lentamente de la cintura hasta el pecho. Le pareció  una tarántula trepando por la blusa del uniforme, buscando el lugar perfecto para hincar los colmillos.

– Su mano me parece una enorme  tarántula.

-La picadura de la tarántula es dolorosa pero no es venenosa. Produce una hinchazón, y enseguida uno se recupera bien y lo olvida.

– No sé. Creo que esta clase de picadura no se olvida – le dijo dulcemente. Tenía  los ojos entornados y  permanecía agarrada a su cuello, como un náufrago al salvavidas.

 

El rector siguió en su empeño sin tener en consideración sus palabras. Paseó la palma de la mano sobre la espalda de la joven, palpando la tira del sujetador. Después, arrollado por la creciente ola de excitación que nacía de lo más profundo de su ser, buscó el camino en el interior, y desabrochó la prenda. Los pechos se soltaron. Los acarició por encima, durante unos segundos. Después comenzó a dibujar con la yema del dedo medio, círculos siguiendo el perfil de la aureola, con tan talentosa dedicación, que a ella se le escapó un suspiro excitante. Atrapar los pezones entre los dedos, y presionarlos suavemente, fue para ella, el último escalón antes del cielo .

 

Cuando se cansó de los pechos, fascinado ante la sorprendente entrega de Emily, y alentado por su madurez, se ocupó de lo más sagrado. La agarró por las rodillas y lentamente le separó las piernas. Los pliegues de la falda del uniforme se abrieron como un abanico, y ante sus ojos, apareció entonces una ruta apasionante e increíble, casi lastimosa, emocionante hasta doler. De  frente a lo insólito, atisbó un cruce de caminos. Superado por la lujuria, en los los primeros segundos de indecisión, ahora el paraíso se ofrecía como un imponente vergel. En el centro, el árbol prohibido sostenía una única y apetitosa manzana, fresca e intacta, todavía, al alcance de la mano. Apenas podía sofrenar el rocín que se encabritaba bajo sus pantalones, ¿quién sería tan estúpido para desaprovechar la ocasión? ¡No quería desaprovechar la ocasión! ¡No debía desaprovechar la ocasión!.

 

Se aflojó el nudo de la corbata, abrió los primeros botones de la camisa y apartó algunos mechones de la frente. Quizá unos segundos vitales para echar un pulso con la ética y la moral, pero insignificantes, en sentidos prácticos. Rápidamente volvió a seguir instrucciones del diablo. Mientras con una mano exploraba entre los acantilados muslos, con la otra enganchó la nuca para atraer la cabeza de la dulce Emily hacía sí, lentamente, sin dejar de mirarla. Ella cerró los ojos y entreabrió los labios tras humedecerlos, también las piernas y sus profundidades, intentando en esos nebulosos momentos, no pensar en nada ni en nadie, ni por supuesto en el innumerable listado de prohibiciones y pecados descritos y registrados en Berice Hill.

 

A Emily le resultaba imposible luchar contra los cosquilleos que sentía en sus partes íntimas, además, ella no había provocado tan terrible situación…¿Qué más daba? Nadie se iba a enterar. Y él era tan guapo, maduro y poderoso…

 

-Podría comerte toda ahora mismo.

La joven echó la cabeza hacia atrás. En cualquier momento le explotarían los pechos, por la agitación. Quiso gritar. No para pedir socorro. Gritar para implorar más… Mucho más.

Pero, solamente se le oyó decir con la respiración entrecortada:

-Yo también te lo comería todo…

Era la primera vez que una alumna de primer curso osaba a tutearle. Sin embargo, no tuvo más consecuencias que las impuestas por voluntad del increíble océano donde se ahogaban ambos.

– ¿Me has tuteado? -le preguntó con un tono autoritario, englobado en un susurro de acero, mientras se devoraban la boca.

– Sí. Lo siento mucho, Rector.

– No es suficiente, Emily.

El hombre le agarró de la muñeca suavemente y llevó la mano hacía el epicentro de su inmenso dolor. La dejó caer sobre la bragueta del pantalón.

– ¿Crees que podrás hacerlo?

-¿Y me perdonará, entonces? ¿Por tutearle? Lo siento tanto…-dijo mientras buscaba el camino.

-Por supuesto, jovencita.

 Emily no replicó. Abandonó su regazo, se colocó de rodillas frente a él, y se limitó a esconder la cara entre sus piernas.

Ahora, toda razón y realidad, conocimientos, derechos y deberes, reconocimientos, e incluso condecoraciones, comenzaron a desdibujarse; Berice Hill, la institución modélica, bajo el peso del pecado y abnegada entre olas de deseo y alquitrán, tan altas como montañas, alzadas y esculpidas con la fuerza de la lascivia más ácida, negra y demoledora, la cruda inocencia expuesta como una fruta abierta, al alcance de la oportunidad.

 

El Rector, echó la cabeza en el respaldo. Bendijo a Dios. ¡Por Dios! Dios, no, se dijo… Pero ya era tarde para remordimientos. Muy tarde.

 

De repente, rompió el silencio un insistente repiqueteo de nudillos en la puerta principal, que les obligó a separarse de inmediato.

 

-¡Rector! ¿Está usted ahí?

– ¡Un momento, por favor!-vociferó y su tono resultó  sin disimulos, de extremo fastidio. Tras unos segundos, en los que ambos aprovecharon para ganar distancia y compostura, aparecieron sentados a ambas orillas de la mesa, adoptando un aire reverente.

– ¿Qué ocurre, hermana Linette?

– Hace rato que le esperan en dirección, Sr. Hoffman. La Hermana Superiora me ha mandado recordárselo.

– ¡Ah, sí! ¡¿Cómo he podido olvidarlo?! En fin, acabo con lo que tenía entre manos, y voy para allá.

– Si es así, prefiero esperar a Emily aquí afuera.

-¡Claro!  Solo serán dos minutos. Puede esperarla.

La hermana Linette cierra la puerta mientras echa un vistazo a Emily, algo acalorada y con el pelo revuelto.

En cuanto la alumna de primer curso, Emily Barnes, salió del despacho y se alejaron tres o cuatro pasos, la joven se aventuró a compartir su preocupación.

– Hermana Linette, ¿puedo contarle un secreto?

– No sé yo…Los secretos son cosas del diablo.

– Es que…

– Emily, el mes pasado cumpliste dieciocho años.

– ¿Y eso que importa?

– Pues que ya no eres una niña sino mayor de edad. No tienes por qué contar ciertas cosas. Además, deberías sentirte afortunada, sea lo que sea.

– ¿Por qué se niega a escucharme?

– Ya te lo he dicho antes. Los secretos son balas. Las balas de un arma que las carga el diablo.

Emily insiste.

– Lo que me pasa no es normal, hermana.

– La normalidad no conduce a ninguna parte -y añadió:-Es una bendición que seas la elegida. Yo te envidio, querida Emily.

– ¿Cómo?

La madura hermana Linette se sentó junto a Emily, en la cama, una vez que entraron en la habitación de la alumna.

– Vamos, levanta los brazos. Te ayudaré a desvestirte – le dijo en tono condescendiente. Emily obedeció. La religiosa le quitó con sumo cuidado el pullover y lo dejó sobre el pie de la cama-. El rector es un hombre maravilloso, ¿no crees? Inteligente, gentil, bondadoso…¡Y es tan atractivo!

– ¡Hermana!

– La hermana Linette es religiosa pero también mujer-le dijo de forma espontánea.

– Ya, pero…

Emily, se desabrochó el uniforme. Lo dejó caer hasta las caderas. Después se levantó de la cama y se desprendió de la prenda por los pies.

– Hermana Linette, ¿es pecado hacer el amor?

– ¿Hacer el amor? -repitió para ganar tiempo y pesar bien la respuesta, mientras la agarraba de las manos para volverla a sentar junto a ella, en la cama-. No puede ser pecado algo tan digno y  hermoso, querida.  Hacer el amor, es el más bello acto que existe ni existirá jamás entre dos seres humanos. Hacer el amor, es caminar juntos durante el amanecer de una serenata, es componer una ópera y avanzar entre flagrantes tesituras hasta alcanzar el do de pecho, es correr juntos bajo un aguacero, es tirarse al mar unidos por las manos desde un acantilado, es… Tantas emociones a la vez, es… – clamó la religiosa, mirándola fijamente a los ojos-.  ¡Y es también dar y recibir, es abrir y cerrar, es tomar y soltar, es imponer y ser impuesto… ¡Hacer el amor, es la leche, Emily!

 

La joven, observó ahora, tras soltarle las manos, que  la hermana deslizaba una delgada alianza de plata a lo largo del dedo índice. La sacaba y la metía constantemente. Parecía excitada. Se preguntaba por qué. Se suponía que las religiosas, por muy mujeres que se proclamaran, carecían de todo deseo sexual, o al menos eso querían aparentar.  Y también se preguntaba a qué se podría deber tantas atenciones por su parte. No era demasiado normal que las educadoras entraran por la noche en las habitaciones privadas de las alumnas internas. Aunque algunas veces ocurría, sobre todo, con las más pervertidas, como Penny Armstrong o las más alocadas, como Elisabeth Heart, quién presumía de exhibirse desnuda ante el consejo rector, y de recibir favores por parte de la directora, la señora Stuart.

 

La joven se quitó las prendas interiores ante la atenta mirada de Linette.

 

– Eres preciosa. Emily. ¿Lo sabías? -preguntó mientras le puso la mano sobre la nalga-. No me extraña que nuestro Rector te haya escogido a ti entre todas nosotras -. Linette observó de nuevo las mejillas de la chiquilla coger el color de las cerezas. Luego, animada por una excitación que ya reconocía como demoledoramente placentera, intentó ganarse su confianza-. ¿Me preguntaba si habías visto desnuda a alguna mujer como yo?

Emily negó tímidamente con la cabeza. Luego, con el ritmo cardiaco acelerado, se obligó a preguntar:

– ¿No será, hermana, una lesbiana?

Linette se rio con ganas.

– No. Eres preciosa, cielo, pero no me van las chiquillas.

– Pues, no lo entiendo-dijo al ver como la religiosa se desnudaba ante su asombro.

– Bueno, no todo gira en torno a ti, ¿sabes?

 

En ese momento, irrumpió el Rector en la habitación de la joven. Y olas de alquitrán y deseo, tan altas como montañas, demoledoramente placenteras, entraron con él, se revolvieron con las aguas templadas de las dos mujeres, y  formaron un océano, ahora, navegable para tres.

 

F i n.

-¡Anaïs! ¿Cómo se atreve?

-¿Qué?

Las alumnas del Taller de Escritura Creativa comenzaron a reír, tras momentos de gran silencio y  expectación.

-¡Señorita, D’Uberville! ¡El texto es inconcebible e inapropiado! ¡Sepa que tiene un CERO!

-¡Pero, ¿porqué?!

-¡Es obsceno! ¡Y de mal gusto!-graznó forzando una mueca terriblemente fea-y luego añadió-: Por cierto, ¿de donde a sacado usted la inspiración, Anaïs? Ni esto es Berice Hill, ni por aquí anda ningún pervertido; ni que yo sepa conocemos a ninguna “Linette”. (Por suerte, le faltó decir.)

Anaïs D’Uberville echó un vistazo a toda la clase. Desde su posición en el estrado, podía observar de forma privilegiada, a todas sus compañeras, pero sobre todo, podía intuir, con la precisión de un relojero suizo,  los pensamientos ajenos; vio pulgares levantados, caritas sonrojadas, pulgares bajados, caritas extrañadas, lenguas sacadas, dedos formando uves…

 

¡Y Caras! ¡Caritas! ¡Carotas!

-Yo solamente, hice lo que usted me pidió.

-¿Qué le pedí, D’Uberville? -respondió la profesora con gran crispación.

-Un texto. Algo original e inédito. Y fue lo que hice. Usted no puso limitaciones. No tengo la culpa.

Tendría que haber impuesto normas.

-¡No tienes razón! ¡Y por más que lo argumentes, nada te salvará del suspenso en esta área!

-¡Váyase a la mierda, profesora Brossman!

-¡Fuera de mi clase! ¡Está expulsada!

-Muy bien-contestó la alumna con gran temple-. Pero, déjeme decirle que su beatura de pacotilla, me la paso por el forro- respondió mientras abandonaba la clase, entre olas de exclamaciones y susurros-. Por cierto, el otro día la vi masturbarse en los vestuarios de los entrenadores, frente a Duncan Pierce. No se si ahora viene a cuento o no…Pero, ese cero, me ha vuelto loca, ¿sabe?…Y por cierto, profesora-añadió mientras cerraba la puerta del aula-. Me acuesto con su marido, el Rector de la Universidad. La historia que le he contado, es real. Verídica. Y autobiográfica.

 

F I N 

 

 

-¡Bruce, llama a Kuki! -vociferó el productor-. Dile que su jefe odia las historias metidas en otras historias que a su vez forman parte de otra historia! Dile que…

– ¿Qué está despedida, jefe?

– Dile, que quiero salir con ella.  

¿F I N?


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