El premio. Parte I

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Mi amiga me cogió de la mano para separarme de la ventana donde vi marchar a Tommy. Ella sabía que yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para enamorarle, y que no me retiraría de la competición tan fácilmente. Quizá pensó que era mejor unirse al enemigo que luchar contra él, cuando amablemente me propuso enseñarme todo lo que le gustaba (en materia de sexo), al cirujano alemán.

 

Me situó delante del espejo del armario ropero, en su habitación, ahora anegada de una hermosa luz blanca que provenía del ventanal que daba a la calle. Había una fina cortina de encaje que lo cubría por completo, y que tamizaba con sutileza, la claridad de mediodía y las miradas indiscretas.

 

 

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La mulata colocó suavemente las palmas de sus manos sobre mis pechos, a través del camisón, y los agarró sin llegar a apretarlos. Me dijo que lo hacía para saber qué sentía él al acariciarme. Me rogó que la perdonara, que la dejase hacer, que sería solo un momento. Luego, me acarició los hombros y la espalda, y deslizó sus manos hasta la cintura para atraparme por completo, como si deseara medir mis formas. Desde allí bajó hasta las caderas, y pude sentir como se aceleraba su respiración cuando llegó como un naufrago al islote de mis nalgas. Descansó en cada curva, volcando su fantasía en mi piel mientras cerraba los ojos y jadeaba lentamente. Llegó a pronunciar su nombre, varias veces, mientras me acariciaba: Dijo, Tom, Tom…

 

 

Quise pararla pero no me sentí las fuerzas. Imposible reaccionar. (Inaudito para mí, que comenzaba a acostumbrarme al caos de las guerras y de las hostilidades en países del tercer mundo. ¿En cambio era incapaz de imponerme a la voluntad de una mujer caprichosa?.) Permanecí como una estatua de yeso, con la mirada perdida en la profundidad del mar negro de sus ojos, los mismos que se vertían con fuerza sobre mis senos.

 

Intenté despegar los labios. Puede que llegara a pronunciar alguna palabra, no lo sé, pero ella contestó con un “shhh” mientras sellaba mis labios con la yema de su dedo índice.

 

 

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– Ahora entiendo por qué el doctor se siente tan atraído por ti-dijo en un susurro.
T.R. deslizó ahora ambas manos hasta mi cintura y me atrajo hacía ella.
– Tu cuerpo es casi adolescente…¿Cuántos años tienes, Lu?
– Veinti…cuatro.
– Tus pechos, estas dos pequeñas rosas blancas le han vuelto loco, ¿verdad?-preguntó acercando su boca carnosa a mi oreja, mientras abría lentamente los diminutos botones de mi camisa de noche-. ¿Qué hacía con ellos, Lu, dime… ¿Cómo los consiguió? Estoy loca por saber…Déjame verlos- suplicó apartando la tela-. ¿Los mordía, no es eso? A Tommy le encanta descubrir, oler y toquetear los senos; mordisquear suavemente, como si fueran piezas de fruta fresca, mientras entra en tu cuerpo y se impone con su impositivo atractivo físico- y añadió:- El Domine acabó por convertirte en su esclava. ¿No es así? – me preguntó mientras inclinaba la cabeza hacia el escote e intentaba atrapar los salientes de mis pechos, con los labios incandescentes, febriles y rojos como brasas ardientes.

Nada podía en ese momento complacer más a T.R., que descubrir y poseer el cuerpo por el que Tommy se moría de amor y deseo. Entonces fue, cuando su mano derecha, trémula, se dirigió a mi sexo. Me acarició al principio, por encima, solo rozándome con la palma, a través de la fina tela del camisón, moviendo algunos dedos, y yo sentí por primera vez un escalofrío tan extraordinariamente inusitado, que me hizo temblar de excitación, hasta dejarme de rodillas. Me quedé en el suelo, como si fuera una hoja arrancada de cuajo tras el azote de un temporal.

 

T.R., estaba completamente loca. Fue lo primero que pensé. Pero no hice nada para detener aquella absurda situación. Al principio me pareció solo un juego, una tontería de chicas a las que les gusta el mismo hombre. (Creo que era más normal odiarse o pelear, pero supuse que a T.R., tocarme podía aliviarla. Por alguna extraña razón se lo permitía porque me daba pena, o quizá la veía con menos posibilidades que yo, frente a Tommy. Los hombres nunca se quedan con una mujer como ella.) Pero cuando me obligó a tumbarme en el suelo, y comenzó a deslizar el camisón desde los hombros hasta las rodillas con la intención de dejarme boca arriba, totalmente desnuda e indefensa, reaccioné.

-¡Ya basta!-grité mientras me ponía en pie.
La mulata también se levantó, quedándose a dos milímetros de mi cuerpo.
– Necesito conocerte íntimamente para aceptar por qué Tom me ha abandonado por ti. Pero, sobre todo, es preciso que disfrute con lo que él goza. ¿No lo entiendes?-me preguntó mientras sonreía.
– ¡No hace gracia! – voceé mientras me la quitaba de encima de un empujón.
T.R., se tambaleó sin llegar a perder el equilibrio. La vi terriblemente decepcionada y muy enfadada. De repente se abalanzó sobre mí. Mi primera reacción fue protegerme la cabeza y la cara con las manos, pero ella, más corpulenta y fuerte que yo, acabó por derrotarme, y mis brazos cedieron, junto al cuerpo desplomado entre las sábanas. Fue cuando me agarró por las muñecas, manteniéndome prisionera, y me besó apasionadamente. Ella me obligaba a abrir la boca, con su lengua rígida, pero no lo consiguió. Al cabo de unos segundos, se levantó, se colocó a los pies de la cama y, con gran aplomo y serenidad, me dijo:
– Esto es lo que le gusta a tu admirado doctor Aghani.
Te dije que te lo enseñaría… Bien… ¿Qué te ha parecido? ¿Te sigue pareciendo atractivo?
– ¡Dudo mucho que esto sea lo que te hace a ti, T.R!-exclamé mientras abandonaba la cama y entraba en el cuarto de baño.
– ¡Le gusta dominar!-exclamó gritando tras de mí, y añadió:- ¿Sabes que tu doctor es conocido como el Marqués de Sade, entre los ambientes más viciosos de la clase alta?
Cerré de un portazo. Abrí el grifo de la ducha. No quería escucharla.
– ¡Cállate!-grité desde dentro con todas mis fuerzas.
Pero ella siguió vociferando.
– La primera vez nunca se pasa, lo hace muy suavemente, de manera sutil, ¿verdad, Lu? Castiga, pero hasta cierto punto, soportable, para no asustar a las palomitas principiantes como tú…Pero después, pasado un tiempo, cuando ya se haya acostumbrado a tu piel y a tu belleza, solo le pondrá caliente hacerte daño; comenzará con unos azotes en el culo, repetidas veces, hasta que salte la rojez. Es únicamente entonces cuando le apetecerá amarte…Pero, y después…Después llegara a atarte, a humillarte, te obligará a suplicar cada caricia y tú aguantarás un dolor profundo con tal de retenerle, de sentirlo dentro de ti, aunque sea una vez más…Tommy es adictivo.
Me tapé las orejas con las manos, tras la puerta del baño. Ahora solo deseaba ducharme, relajarme. Estaba tan confusa… Abrí el grifo de la ducha y dejé caer el agua por encima de la nuca.
T.R. gritó desde fuera:
– Te doy cinco minutos. Aquí está prohibido utilizar el agua a tu antojo. ¿Me has oído, Lu?
– ¡Sí! ¡Y ahora déjame en paz, por favor!
T.R., se alejó y se introdujo en la cocina riendo maliciosamente.
Cuando salí de la ducha, tras vestirme, me dirigí a la cocina. Me apoyé en el marco de la puerta y le dije tranquilamente:
– No te creo.
– ¿Ah, no me crees?
– No. Él es un amor conmigo.
– Vale. Entonces lo mejor será que lo veas con tus propios ojos.
– ¿Cómo, eh?
– Asistiendo a una fiesta. Allí le verás en acción.
– ¿De qué fiesta hablas?
T.R. abrió un cajón y sacó un sobre. Tras degollarlo, extrajo un elegante tarjetón dorado, que depositó en la palma de mi mano. Era una invitación con la impresión de dos máscaras besándose.

 

 

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– Quiero que elijas un vestido de un baúl que encontrarás en una habitación de aquí al lado. Está cerrada-dijo mientras se dirigía a una lacena y rebuscaba entre los
platos-. Aquí tienes la llave. Coge una máscara y unos zapatos. Allí encontrarás todo lo que necesitas. Pasaré a buscarte esta misma noche por el hotel, a eso de las once y media. Hoy es viernes de luna llena, y ellos salen a medianoche, como siempre suelen hacer…
– ¿Quienes son “ellos”?
– Tú haz lo que te digo y no preguntes. Y ahora vete. ¡Vamos!-gritó sobresaltándome.
Cerré el puño con la llave dentro y salí en busca de la habitación cerrada. Abrí la puerta. Tal y como había dicho T.R., encontré un baúl enorme, que destapé empleando todas mis fuerzas. Dentro había docenas de vestidos de época con sus correspondientes máscaras venecianas. El resplandor de los brillantes y las lentejuelas, me hizo estremecer. Eran objetos muy bellos, lujuriosos e increíbles…
Salí del edificio del campus, cargada con mi vestido en un saco. Cogí un taxi y partí hacia el hotel.

 

En una hora hora contactaba con los servicios informativos de mi país y apenas podía articular palabra… Necesitaba un tiempo para asimilar todo lo que me estaba pasando. Me asusté. ¿En qué me estaba metiendo? Podía ser muy peligroso. Sin embargo, estaba dispuesta a destapar todo aquel misterio. Aunque fuera por saber la verdad, y decidir con total libertad, en que bando quería jugar. Amaba a Tommy con todas mis fuerzas, pero, ¿sería capaz de soportar verle infringir dolor a una persona y aún así continuar amándole?

 

A las doce menos cuarto de la noche, T.R., me avisó por el móvil para que dejara la habitación del hotel. “Es la hora”, dijo simplemente. Desde el vestíbulo, miré en ambas direcciones de la calle. Ni rastro de ella. Una limusina negra y brillante como una joya, aparcada en la calle de enfrente, deslizó uno de los cristales tintados y descubrí en su interior el bello rostro de T.R., semioculto tras una máscara de encaje negra.

 

 

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La bella y pasional T.R.,
preparada para asistir
a una de las fiestas privadas del
embajador de Francia y
su esposa, la maquiavélica e
impresionante Chantal Moritz

 

El chófer, elegantemente ataviado con un bello traje de época de color morado, me abrió la puerta, invitándome a entrar en su interior.
– Ha llegado la hora de la verdad, Lu -dijo T.R. mientras intentaba acomodarme entre las enaguas del vestido-. Espero que estés preparada-y luego añadió-. Por cierto, estás impresionante bella.
– Gracias. Tú también.
– ¿Sin rencores, blanca?- me preguntó mientras me ofrecía la palma de la mano.
– Claro. Sin rencores.
– Bien, entonces, vamos.
Y la limusina arrancó deslizándose suavemente por las calles del centro de la ciudad.

 

Fragmento de  Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres.

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