¿En qué vida nos perdimos de vista?

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Quedaron para hacer el amor, un día de tormenta, en una céntrica plaza de la ciudad.

Apenas se conocían más que de un sueño, un puñado de miradas y  el dolor compartido de un deseo irrefrenable.

Jamás hubieran imaginado que serían capaces de  llevar a cabo una aventura como la suya, cuando se conocieron en el interior del taxi que decidieron compartir, en un suburbio de Londres. Por alguna extraña razón, su excitación comenzó a hacerse notable, pasados unos minutos, en el asiento trasero de un Bentley.

 

 

 

 

 

 

Hay ocasiones, rara vez, aunque a veces ocurre,  que ves a alguien y sientes un escalofrío corriendo por la espalda. Parte desde la coronilla, atraviesa la nuca y acaba zigzagueando por la espina dorsal. Te gusta. Mucho. Te atrae poderosamente. Entonces, acudes instintivamente a sus ojos, en un intento natural de no dejarle escapar, de descubrir algo más, pero sobre todo, de escudriñar sus más íntimos recovecos. Es parte de la naturaleza humana desear  un acercamiento íntimo. Entonces, las pupilas se dilatan con intención; por agradar, para acoger, por demostrar; para contestar como lo hace la naturaleza, sin recurrir a las palabras cuando estas sobran: olor, tacto, gusto, vista, oído… Y en cada curva, en cada recta, en cada vaivén descrito por el abrupto adoquinado del camino; te huelo y me hueles, te rozo y me rozas, te pruebo y me pruebas, te miro y me ves, te escucho respirar y me oyes en mis íntimos pensamientos.Te necesito y me necesitas. No quiero estar sola. No deseo estar solo. Nos besamos…

¡Oh, Dios mío, te quiero! ¡Cuánto hemos tardado! ¡¿En qué vida nos perdimos de vista?!

 

 

 

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-¿Podría parar aquí, por favor?

– ¿Aquí, Sir? ¿Aquí mismo?

– ¿Es que no es este un buen lugar?

– Depende para qué, Sir.

La pareja de clientes se miran y sonríen dulcemente.

– ¡Para hacer por una vez en nuestras puñeteras vidas lo que nos de la gana sin pensar en nadie mas que en nosotros mismos! ¿Qué le parece?

El taxista también sonrió.

– Entonces cualquiera donde estén juntos, es el mejor sitio del mundo…

 

 

En una céntrica plaza del centro de la ciudad, un día de tormenta, bajaron de un taxi  para inscribirse el uno en los recuerdos del otro, sin más pretensiones que vivir el momento que el destino les dejó, en el asiento de atrás, de un Bentley público.

 

 

Buenas noches.

 

 

 


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