Juegos peligrosos

No Tags | Relatos Express

Durante los dos años que estuve destinada como reportera en Nairobi, conocí a un gran número de personas. No todas dejaron huella en mi. De algunas ni siquiera memoricé su nombre y otras, en cambio, quedaron varadas en la playa de mis recuerdos para siempre.

Una de esas personas que  recuerdo para bien o para mal, es John, el inglés.

 

 

 

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 John ” El inglés”

 

John era fotógrafo. Trabajaba para Europa Press y pasaba dos meses en Kenia y otros dos en Londres, su ciudad natal. Transcurría su vida tirando de una vieja maleta de cabina no más grande que una caja de fresas, y atesorando relaciones que jamás llegaban a nada por falta de tiempo, dedicación y algún trauma persistente.

Su padre construyó una casa en Mombassa, la segunda ciudad mayor tras Nairobi, situada sobre una isla a orillas del Océano Índico. Al principio, estaba destinada a residencia de verano, pero finalmente, aquejado por una enfermedad pulmonar, los médicos le aconsejaron vivir en la playa. Bamburi, al norte de la isla, pasó a convertirse en su hogar durante la infancia. Pero un fatídico día, siendo todavía un niño, al volver de la escuela, John descubrió a su madre suspendida de una soga, todavía oscilante, en mitad del salón. Nunca lloró por ello. Pero me confesó, la misma noche en que nos conocimos, que cualquier día , al menor impacto, podría romperse en mil pedazos como la luna de un escaparate tras una pedrada . Y ese día, sería para él, devastador.

 

 

 

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 Luanda G.

 

Una calurosa noche de julio, después de cenar mientras trabajaba en la habitación de un conocido hotel del barrio antiguo de la ciudad, y centro de operaciones de la mayoría de agencias periodísticas internacionales, bajé al salón del piano. Necesitaba salir fuera de mi cuerpo, no sé; también huir de mi cabeza; de los problemas o el trabajo, y meterme en otra Luanda menos racional. Me encaramé al destartalado piano y me senté con las piernas colgando al vacío. Después me dejé caer hacia atrás con la mente en blanco  y miré en dirección a la puerta. Entonces, le vi. Tenía el hombro derecho apoyado en el marco, las piernas cruzadas, una cerveza en la mano, y el rostro risueño, entre lascivo y complaciente. Pasados unos minutos, tras presentarnos educadamente, el fotógrafo John,  ya se había sentado junto a mi, en la banqueta del piano, y me había comenzado a contar su vida.

No le sorprendió que yo escuchara su historia tan atentamente. Por mi condición de mujer y periodista -dijo- y añadió-: que eso me convertía en la mayor cotilla del mundo.  A mí, en cambio, me impresionó que un desconocido me entregara esa confianza. Yo le hacía un sinfín de preguntas. Y él las contestaba una tras otra, con gran resignación.

– ¿Por qué me cuentas todo esto, John Inglés?
Dio un trago muy largo y luego respondió:
– Porque es más fácil hablar de ciertos asuntos con un desconocido. Y tú estabas aquí, a mano… Es egoísta, lo sé. Me has venido bien. Gracias.
John seguía dando tragos. Tras el último sorbo que vació la botella, me alcanzó con los ojos grises casi transparentes, fríos; dos cubitos de hielo.
– John…-susurré.
– No debería beber más, lo sé.
Se levantó y me acarició la rodilla. Después me agarró de la mano, tiró de mi,  y me dijo:
– Vamos, te llevaré a un sitio, nena. ¿Quieres un poco de diversión?
– ¿Es seguro salir de noche?
– ¡Claro! ¡Tranquila! Vas conmigo.

 

 

 

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Nairobi. Capital de Kenia. 

 

 

El centro de la ciudad, a media noche, vibra con energía. Caminábamos de la mano entre una gran muchedumbre negra; vendedores ambulantes, limpiabotas, carteristas…De vez en cuando se cruzaban turistas, vestidos aún con el traje de safari y la cara y la nariz encendida de tanta cerveza.

Nos detuvimos en un puesto de comida ambulante.
-¿Tienes hambre, princesa?
– Sí, mucha. Pero que sea algo normal, por favor.
John compró a una mujer bastante pulcra, un par de platos con carne.
– Esto es nyama choma. ¿A que no lo conoces? -Negué con la cabeza mientras miraba aquella masa pardusca con recelo-. Vamos, come, te sentará bien.
Lo acepté porque tenía mucha hambre. Creo que me hubiera comido cualquier cosa con cuatro patas y algo de chicha.
– No sé si preguntar que carne es…
– No preguntes y come. Esta bueno.
Después de apurar los platos mientras caminábamos por las apretadas calles del centro, entramos en un oscuro bar. Nunca me había movido por los bajos fondos de la ciudad, y no perdía detalle de lo que ocurría a mi alrededor, por todo lo que me podía reportar, a la hora de escribir mis artículos.

El fotógrafo me condujo hasta un sótano. En la entrada de una sala donde se escuchaba música de tambores, un portero alto y fornido extendió la mano en dirección a John. Él rebuscó en los bolsillos y sacó 50 euros. El africano me lanzó una mirada perversa y me guiñó el ojo.

Entramos en una sala oscura presidida por un escenario donde africanos vestidos con túnicas rojas y máscaras de demonio tocaban los tambores, bajo la luz rutilante de decenas de antorchas. Todo me pareció bastante surrealista, y apestaba a sudor y a fluidos corporales. En cuanto acostumbré la vista a aquella espesa oscuridad, pude observar, tragados por el humo y los sofás de escay, a decenas de personas manteniendo sexo en grupo.
– ¡Dios mío!-exclamé.
– Luanda, eres reportera. ¡Tía, no dirás que no es interesante ver esto!
Estaba atónita. Pensé en Tommy, el honorable y respetado profesor, destacado cirujano de una organización humanitaria. Con Tommy no podría haber bajado a las tinieblas de la ciudad, en cambio con John, acostumbrado a las miserias de la vida…
– ¿Y si se dan cuenta que estamos mirando?
– ¡Tú has pagado para mirar, tontita!
– ¡Eres un cerdo! ¡Quiero irme!
John me agarró del brazo muy fuerte.
– ¡Esto es la vida real, nena!  ¡Tienes que saber que existe el infierno para escribir sobre el cielo!-exclamó tragado por una intensa luz naranja.

Me solté bruscamente. Estaba terriblemente enfadada. Y decepcionada. Pensaba que John me llevaría de paseo para seguir charlando tranquilamente. Caminaríamos despacio por bellas calles torcidas, bajo pequeñas luces que titilan, como mi ilusión,  y con suerte, y si las estrellas estuvieran de nuestra parte, podríamos llegar a intimar. (¡Maldita sea! ¡Llevaba más de diez meses sin rozarme con nadie!) En vez de eso, él agradecía mi valioso tiempo llevándome a un local de intercambio. ¡Menudo pedazo de romántico!

Segundos después me tranquilice. John tenía razón. Era mi trabajo. Y debía presenciar cualquier situación. El amor, en nuestra profesión, no existe. Y si acaso, sólo el sexo puede ser útil, como paliativo, de vez en cuando.
– Entonces, ¿qué? ¿Nos sentamos?-me preguntó.

 

 

 

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 Local de intercambio ubicado

en el centro de la ciudad.

 

 

Nos acomodamos en una mesa bistro dispuesta en un rincón,  junto a una máquina expedidora de preservativos. Estaba vestida, como una docena de ellas, con una vela flotante de color melocotón, y rodeada de un nutrido grupo de voyeurs. Algunos se acariciaban entre ellos, otros se masturbaban, se besaban o simplemente fumaban o bebían. Algunas mujeres blancas se acercaban tímidamente a las negras que hacían el amor con otras chicas, y probaban la nueva experiencia. Al principio, solo acariciaban los pechos de pera de las expertas, o les daban palmaditas en las nalgas o el clítoris, animándolas a seguir con la cópula. Después, les hacían participes, cuando a ellas les apetecía cambiar de amante. Otras, en cambio, las más tímidas, se excitaban en solitario mientras bordeaban la coronilla de la copa con su dedo índice, siguiendo el circulo, imaginando como sería participar o mirando atentamente los grandes penes erectos de los nativos.

Entonces, de repente, entre las olas de piel humana que iban y venían hasta nuestros pies, la descubrí.
-¡T.R!
– ¿Cómo dices? -voceó John con los ojos trémulos por el calor que desprendían las brasas del infierno.
– ¡Esa chica, la mulata de pelo corto y rizado a lo afro! ¡La que está con la rubia! ¿No la ves? ¡Esa!

-¿La que hace las tijeras como una Diosa?

-¡Sí, esa! ¡La conozco!
– ¡No creo que conozcas a nadie que esté aquí, señorita pija!
– ¡Te lo juro! ¡Es ella! ¡Una compañera de la Universidad de Nairobi!
John se llevó la mano al sexo.
– ¿Compañera? ¡Esa tía me va a hacer explotar los huevos! ¡Está buenísima! ¡Madre mía, y le va todo! ¡Mira ahora como obliga a la europea a comerle el coño!

– ¡Cállate, idiota!

Me levanté de un salto y me acerqué a la pira humana. Caminé entre serpientes que reptaban y se retorcían, saltando cuerpos y cabezas, blancas y negras, que encajaban como piezas de un yin y un yang. Al llegar a la altura de T.R, me introduje entre sus amantes y la agarré por el pelo. Quería levantarle la cabeza para que pudiera ver mi cara. Pero ella seguía con los ojos literalmente en blanco. Se la veía disfrutar obligando a otras mujeres a satisfacerla. Utilizaba una pequeña fusta que terminaba en unas finas tiras de cuero que utilizaba para azotarles los pezones con gran sutilidad. Las demás respondían dóciles al dominio de la ama. Las mujeres hacían cola para ser tocadas por el mágico látigo de T.R. Me pareció raro que los hombres no se acercaran a semejante belleza. Pero, enseguida me di cuenta de que T.R les hubiera rechazado. A ella solo parecía interesarle esclavizar a las blancas. Era muy popular y estaba muy solicitada.

Entonces, mientras buscaba una nueva amante, me vio. Otras mujeres ya habían comenzado a interesarse por mi.  Yo permanecía inerte bajo los abrazos desnudos de su harén. Unas chicas jóvenes intentaban quitarme la ropa mientras las maduras me introducían las manos bajo el vestido palpándome las nalgas y los senos. Me revolvían el pelo y alguna me rompió las bragas, intentando introducirme los dedos en el sexo. Los hombres comenzaron a hacer corrillo alrededor nuestro. T.R se quedó rígida y blanca como una estatua de escayola. Fue verme y morir. Esos ojos de carbón estaban vacíos, y me pareció que se fueran a apagar de un momento a otro. Yo le devolví una mirada desafiante; como abrasada por la lumbre. Ahora solo estábamos ella y yo, y la vergüenza.

Mi compañera se levantó, y tras quitarse de encima la marabunta de amantes que la arropaba, a empujones y puntapiés, escapó a toda prisa mientras en la carrera, se cubría el pubis con ambas manos. Desapareció como un espíritu errante, entre las sombras, escaleras arriba, hacia la salida.

Fui tras de ella.  Entretanto yo intentaba arreglar mi ropa descosida en gran parte, salí a la calle. La encontré a punto de introducir su cuerpo de ébano semidesnudo y todavía brillante por el sudor, en un taxi aparcado a una manzana. La alcancé antes de que cerrara la puerta y me introduje dentro, junto a los restos de su cuerpo y su perplejidad. Estaba temblando. Me dio lástima. Me quité la chaqueta, la cubrí mientras le daba un beso en la mejilla y ordené al taxista que arrancara. Ella me devolvió el beso. Pero fue en la boca, con lengua y mucha amargura.

-Quiero estar contigo esta noche, Luanda. Llévame a casa.

 

 

 

Pasaje de las memorias de Luanda García.

Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres,  de Kuki García Kirsch.

 

Próximamente.

 


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