La Habitación Oscura.

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– ¿Te ha gustado?

– Qué pregunta más gilipollas, Tommy.

-No, en serio, dime…

-¡Claro! ¿Es que tengo que aullar como a una loba?

-No, claro que no.

-¿Pues, entonces?.

-Es que nunca dices nada. Y es como si yo lo hiciera todo…No pones de tu parte. Te estiras ahí desnuda, boca arriba y te dejas hacer. Nunca me abrazas, ni me dices te quiero… ¿Sabes? A veces es frío. Y me corta el rollo.

-Eres un idiota.

-Un idiota, sí. ¡ Y un gilipollas preocupado, también!

-Oh, eres cansino, de verdad. Siempre igual.

-Me voy, Jiang.

-¡Pues vete! ¿Y qué pasa con el fin de semana?

-No sé. Ya veré.

El joven abandona la casa de su novia profundamente decepcionado. Dolido. No es la primera vez que ella le trata así. Mientras baja las escaleras hacia la calle está convencido que será la última. Quedará para hablar. Y arreglará las cosas.

 

El viernes siguiente, Tommy, llama a su chica y con la excusa de ver juntos una película en su casa, queda el sábado por la tarde para abordar el tema de sus problemas de pareja. Ella accede, no con demasiado entusiasmo.

Al llegar a la vivienda encuentra la puerta abierta. Jiang se extraña, pero avanza hasta el salón mientras llama a su novio. Tras momentos de gran incertidumbre decide bajar al sótano. Quizá -pensó-, está ocupado en el taller o la colada. Comienza a descender lentamente. La luz es escasa, vaga, no acababa de llenar ninguna parte.

Camina torpemente entre tinieblas y rayos de polvo en suspensión hasta el final de aquel desorden sin encontrar a Tom. Así que se dispone a hacer el recorrido inverso hasta llegar a la escalera de vuelta a la casa. Pero, cuando apenas ha conseguido dar tres o cuatro pasos, recibe un violento empujón que la desplaza varios metros. Jiang queda temblando en el suelo, sumida en la más absoluta oscuridad, tartamudeando alguna cosa. De repente alguien tira de ella, la agarra por las muñecas, la empuja hasta que la espalda se estrella contra el muro de piedra y le alza los brazos a la altura de los hombros. Luego, la inmoviliza introduciendo sus manos en unas cadenas que engancha a una argolla de hierro soldada al techo. Todo ocurre muy deprisa.

-¡Tengo dinero, arriba, en el bolso, te lo daré todo! ¡Suéltame, hijo de puta!

-¡Eres una cría estúpida! ¿Crees que por tener estas tetas grandes (agarra la tira del sujetador que une los senos y la corta de cuajo con una navaja) y este coño de seda (le introduce los dedos índice y anular en la vagina), eso te da derecho a todo?

Temblando de fría realidad, Jiang escucha el grave vozarrón artificial que emite el tipo desde algún artilugio, mientras lloriquea con la cabeza ligeramente ladeada y acodada al muro. Le ordena abrir la boca para obligarla a lamer su propios fluidos.

– ¡No! ¡Perdón! ¡No me hagas daño por favor! 

-¿Cómo te llamas?

-Jiang.

-Jiang… ¿Y por qué no iba a hacerte daño?

No lo sé… -musitó llorando.

-No tienes ni una puta razón que pueda ablandarme el corazón, ¿verdad, zorra? No, ya veo como eres… 

-¡Vete a la mierda!

-Ahí andamos los dos, nena. 

Luego se dirige hacia la pared donde cuelgan las herramientas. Jiang estira el cuello y vislumbra como el bulto se aleja.

-¿Donde está Tommy? ¿Qué has hecho con él?

Ah, ¿preguntas por ese imbécil? Muerto. Fue fácil cerrarle la puta boca. Era un tío débil, blando. Como él hay muchos, tranquila. 

-¡Dios!

El tipo abre la puerta de una taquilla, fuera de la zona oscura,  y Tommy cae al suelo rígido como un saco de boxeo. Ella grita muerta de pánico y súplica que la dejé ir, pero él, lejos de ablandarse, le separa las piernas y la sujeta a la pared por los tobillos. La chica se revuelve como una serpiente. Observa como le brota el sudor a Jiang, cada vez más convencida de que va a morir de una forma horrible y llena de sufrimiento, y él se ríe.

-¿Tienes miedo?

-Sí.

-No voy a hacer nada que pudiera evitar que no me lleves contigo como una puta cicatriz el resto de tu vida.

Ella no entiende nada.

-¿Qué, que quieres decir? 

No contesta. No tiene intención. Tan solo pronuncia:

-Estás sudando.

¿Cómo te llamas? Si puedes…

-Byron.

-¿Byron…? ¿Cómo Lord Byron?

Le arranca la ropa, pero le desprende de las bragas muy despacio. Disfruta de ese ritual, se recrea. Se arrodilla frente a su sexo, saca la lengua, la dobla ligeramente. Se endurece y se afila la punta. Llega hasta propinarle un lento lametazo. Jiang no lo ve venir y, se asusta tanto, que sacude el cuerpo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Él la recrimina y la amenaza. Vuelve a repetirlo unas cinco o seis veces. Jiang jadea involuntariamente. Tras unos deliciosos momentos gastronómicos, Byron libera los pies de la chica y la hace rotar sobre las cadenas. Luego,  la inmoviliza de nuevo por los tobillos. Ahora, Jiang está de espaldas a su secuestrador y comienza a lloriquear otra vez.

El secuestrador moja en un barreño colmado de agua jabonosa, una pequeña y blanda esponja vegetal. y vuelve a arrodillarse frente a ella. Las hermosas nalgas quedan a la altura de su cara.

-Estáte quieta. Voy a lavarte. 

Jiang está ciega y el sótano demasiado negro para vislumbrar alguna cosa. Apenas, cuando gira el cuello, ve un bulto en movimiento. Escucha el agua, luego un chorreo, después suave presión y humedad en los pies y en los tobillos. Jiang obedece, no se mueve, no dice nada. Seguramente es lo más inteligente. Quisiera dilucidar, ganar tiempo, llegar a algún lugar sereno y agarrar con los dientes algún brote de valor, generar algún atisbo de esperanza: Tranquilizarse y pensar en como acabar con su cautiverio sin morir en el intento.

-Eres preciosa. 

Intenta fijar los ojos ciegos en él. Pero no consigue ver más que otra nube negra detrás de ella.

El hombre sube lentamente con la esponja empapada por la cara interna de las piernas, se detiene unos segundos más en las rodillas y continúa por los muslos hasta llegar a las ingles. Ahora pasea suavemente por esos recovecos que se perfilan como orillas calientes junto a un inhóspito océano agitado. Va de una orilla a otra y finalmente, se detiene en el islote caliente y sereno que sobresale. Nota como Jiang se excita cuando pasa la esponja rozándole el clítoris y esta comienza a respirar de forma entrecortada. Byron siente el intenso calor que nace de su sexo trémulo. Está de rodillas, frente al culo respingón de la asiática. Quisiera navegar con la punta de la lengua el pálido eje vertical de su lujuria, para después con sus labios, conquistar de norte a sur y de este a oeste, su diminuto sexo espasmódico, sentir su sabrosa humedad. Sin embargo, se guarda entre las piernas las ganas, las estrangula, e inicia unos leves movimientos de rotación con la esponja sobre la vulva.

 

Jiang ya a olvidado donde esta. Su cuerpo ha perdido el norte. Cualquier forma de volver ahora mismo a tierra razonable, será una travesía imposible. Está jodidamente excitada.

-¿Te importaría hacer… Algo más?

-¿Más…?

-Más fuerte. Más presión… Introducir algo…

Pero, Bayron, ajeno a sus palabras, sigue en su tarea y, tras empapar la esponja de nuevo, vuelve a navegar con ella sobre el mar salvaje en el que se había convertido la bella vulva de Jiang. Y presionando suavemente volvió a apretujar.

-¡Por favor!

-¡No!

Bayron, continua. Lava la zona genital con delicadeza, transitando con el utensilio de limpieza, suave y poroso, en sentido ascendente y descendente. No tiene prisa. Luego, se dedica a los senos, al cuello, las orejas y las manos.

Mientras, ella, algo más calmada, comienza a divagar. En sus pensamientos aparece el pobre Tommy. Tenía razón, se había pasado con sus desprecios. Ella intentaba siempre evitar que los hombres le cogieran cariño, era una maldita egoísta que nunca le había interesado compartir nada de lo suyo; y luego, ese miedo que tenía al compromiso, a que la quisieran atar a un mundo hipócrita de fidelidades por contrato y caricias consentidas a regañadientes tras años de monogamia: Como sus padres y sus abuelos, y los padres de estos, también. Como si la mala suerte de otros fuera a contagiarse en ellos. ¡Qué gran error!

Una espesa gotita sostenida en el lagrimal, acaba estrellándose contra el pecho. Solloza. Está arrepentida. Pero ya es tarde.

 

Byron, libera sus tobillos. Vuelve a rotarla. La deja frente a él. Los dos están muy cerca. Jiang desea tener sexo, alguna cosa con la que poder escapar lejos…Quisiera abrazarle, rodearle con sus brazos, morder su cuello, susurrarle a la oreja un mundo…Entonces, de repente, ella recuerda las palabras de su secuestrador: “No voy a hacer nada que pudiera evitar que no me lleves contigo como una puta cicatriz el resto de tu vida”.

-¿No me vas a matar, verdad? No es lo que quieres…

-No.

Jiang respiró aliviada. Luego, Byron, se alejó hacia las escaleras.

-¡Eh, por favor! -exclamó intentando detenerle.

El hombre se detuvo para lanzar la vista a algún punto del muro donde procedía la voz y luego, la apuntó con la luz de una linterna. La cara y el cuerpo enjabonado y brillante de Jiang, se iluminaron como una bombilla.

-Abrázame… ¡Fóllame de una vez! -gritó la joven. Pero Byron retiró el destello y echó a caminar de nuevo-. Por favor… ¡No puedes dejarme así!¡Es lo que estoy deseando! ¡Te necesito, joder!

Volvió a detenerse cuando estaba a punto de alcanzar el pomo de la puerta. Quedó inmóvil, pensativo. Dudaba. Luego, comenzó a descender rápidamente. Llegó hasta ella y la liberó de pies y manos.

Jiang se colgó de su cuello, le mordió el labio, le acarició salvajemente el sexo a través del pantalón, le desgarró la camisa y lo empotró contra el muro mientras susurraba sus deseos al oído. Byron se quitó los pantalones a trompicones.

Luego la levantó del suelo y mientras la sostenía firmemente en brazos, follaron.

 

Más tarde, la dejó estirada sobre un camastro y comenzó a caminar de nuevo hacia las escaleras.

-¡Te amo, Tommy! Perdóname…

Él se giró hacia ella y le sonrió dulcemente. Desconectó el modulador de voz.

-Me estremecía saber lo que nunca serías capaz de decirme. 

-Ya… ¿Sabes? Has muy hecho bien.

-¿Cuando lo supiste? 

-Desde el principio. Lo supe desde el principio. No contabas con que no se puede disfrazar el cariño, ni ocultar la mirada.

-Apenas podías ver… 

-¡Pero podía intuirlo todo, Tommy! Se han desarrollado otros sentidos mucho más potentes. ¡Despertó algo poderoso!. 

-¿Cómo te miraba?

-Siempre sonriendo, como si yo fuera hermosa, como si fuera una maravilla o el paisaje más bonito de la Tierra. Me mirabas con una sonrisa en las pupilas. Yo siempre he amado cuando me miras así…

 

La tarde se fundió con la carretera, el cielo con la moto, las anécdotas con sus risas…

Y se les pudo ver juntos a los tres desaparecer entre el trémulo ocaso, llenos de vida, de ilusión y de días por compartir.

(Jiang, Tommy y el maniquí que había comprado por 20 euros en una tienda de compra-venta de ropa usada para hacer el papel de fiambre).

 

                                                                                         -Fin-

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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