La necesidad desnuda a Jules

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-¿Jules?
– ¿Sí?
– Soy Tanako.
– Ah… ¿Tengo que empezar ya?
– Me temo que sí, querida. Han solicitado tu servicios.
– Vale…
– Ya sabes lo que tienes que hacer.
– Sí. Creo.
– ¿Crees?
– Bueno, es mi primera vez.
– Tranquila. El cliente lo sabe y está de acuerdo. Todo es empezar. Él te lo pondrá fácil. No debes tener miedo. Es un tío respetable, ya me entiendes. Los chicos estarán pendientes de ti en todo momento.
– Vale.
– Tienes la dirección en tu correo electrónico y también las instrucciones con lo que debes ponerte y donde puedes ir a recogerlo. ¿Sí?
– Sí. Entendido.
– No puedes fallarme, Jules.
– Claro…
– Pase lo que pase, tienes cumplir con el trabajo. Tenemos una reputación y tú te has comprometido. Confiamos en ti.
– Puede contar conmigo señora Tanako.
– ¡Así me gusta! O.K., pues. ¡Suerte esta noche, mi niña!

El dinero, maldito dinero, el culpable de todo…
El dinero, ese poderoso caballero…

 

Jules González, administrativa de un centro comercial de 9 a 3, leía una novela comprada con los primeros dólares que acababa de sacar del banco. Era el tercer día de la semana y su nómina, que (milagrosamente) hasta ese momento había permanecido intacta como un campo recién nevado, acabó siendo pisoteada. Valía la pena. A pesar de los terribles remordimientos que a veces le asaltaban (le dolía en el alma gastarse el dinero en caprichos), también le ofrecían un puntito de bienestar, de felicidad momentánea; a fin de cuentas, de alegrías necesarias. Quizá este mes no le llegaría su sueldo para pagar lo más imprescindible, pero si no se permitía algún capricho, entonces, ¿que le quedaba en esta miserable existencia? “Ya se las arreglaría más adelante”, solía decirse para matar la mala conciencia.
A la una en punto había entrado en el almacén para comer lo que llevaba en su tupperware. Por suerte, el único sofá que había en la sala atestada de cajas, estaba inusualmente desocupado(seguramente sus compañeros estaban en el Pinaup Bar), y podía comer con tranquilidad, sin tener que escuchar frasecitas con segundas intenciones o participar en conversaciones sin sustancia. Porque ella podía ser sencilla, una mujer modesta y trabajadora, pero tenía muy claro lo que quería en su vida, pero sobre todo, a quién no quería. Y en sus planes no entraba dar cabida a ninguno de los compañeros que la atosigaban para salir o echar un polvo. Su tía Aurora, solterona empedernida de origen español, solía decir que “donde se tiene la olla no conviene meter la…(ya me entienden.) Y ese era un sabio refrán a tener en cuenta, no por su significante, claro, pero sí por su significado.

Jules había cumplido treinta y nueve años hacía un par de semanas. Temía a los dichosos cuarenta, esos que le rondaban por la cabeza como un abejorro, no por miedo a perder tersura, sino por llegar a esa edad sin una pareja estable. Tenía un niño pequeño adorable, Matthew, y nadie más en la vida. Estaba divorciada desde hacía varios años de un hombre mayor con el que se había casado sin estar enamorada, aunque muy agradecida por ayudarle con los papeles de inmigración. Ahora su ex pareja, Pierce, no le daba demasiados problemas, quizá porque la dejó él y estaba felizmente casado con una peluquera charlatana de Brooklyn. Su ex siempre cumplía; le pasaba la pensión puntualmente, se ocupaba del niño, y a ella la respetaba y la seguía tratando con amabilidad.
Jules se conservaba muy bien, a pesar de los madrugones y el intenso trabajo. No le interesa demasiado conocer hombres nuevos. En ese momento su objetivo era otro: formarse, estudiar en la universidad y colocarse en un trabajo más fino. Aunque claro, si entre tanto conociera a un hombre que a ella le gustara, que la quisiera a rabiar y con un trabajo fijo; alguien como Víctor Tooles, su vecino del ático; un hombre de su edad condecorado con la medalla de la Triple A: atractivo, amable y atento; que olía a colonia cara y hablaba idiomas. O mejor aún, como el gerente del centro comercial, el señor Brossman, Lloyd, un tipo simpático, con un gran sentido del humor, soltero a los cuarenta y dos y rico, por el que sentía admiración y respeto, pero también una atracción casi salvaje (como la mayoría de sus compañeras, que lo perseguían como perras en celo). A veces cuando la miraba y él la sonreía, pensaba que ella también podía gustarle, aunque jamás el señor Brossman llegó a insinuarse, ni ella a provocarle.

 

Jules dejó de soñar mientras roía una tostada cuando un compañero del almacén entró y soltó un periódico bastante descompuesto, sobre la mesa de las revistas. Estaba abierto en la sección de anuncios. Y por alguna extraña razón, la vista le alcanzó hasta un titular sorprendente, en el apartado de clasificados. “Se necesitan porno-limpiadoras domésticas, 150 dólares netos la hora. Sexo opcional.”
Jules, volvió a leer hasta cinco veces el anuncio del periódico. Intentó comprender. Lo hizo despacio, sin obviar nada, desmenuzando cada palabra hasta poder tragarla sin dificultad. Le dio vueltas al asunto. Y diez minutos después llegó a la conclusión, de que coger aquel trabajo no podía ser una mala idea (para salir de los apuros económicos por los que pasaría ese mes.)

Llegó a su apartamento alrededor de las seis de la tarde, después de pasar varias horas de compras en el centro comercial Happy Seasons, en la intersección de la Séptima Avenida con Broadway, en el mismo corazón de Times Square. (Para algunos una intersección más, para Jules, el Centro del Universo.) Por primera vez en mucho tiempo había pagado todo al contado con la cantidad que le había dado la señora Tanako.
Soltó el bolso y el abrigo encima del sofá, y las bolsas con las compras, las dejó caer con cuidado sobre la cama. Se desnudó conforme avanzaba por el pasillo y al llegar a la puerta del cuarto de baño, ya completamente desnuda, lanzó la ropa a la cesta.
Se duchó concienzudamente mientras se observaba en el espejo. Luego, abandonando la esponja en la balda, recogió una pequeña cantidad de jabón en la palma de la mano para llevársela al pubis. La esparció formando espuma que concentró en una delicada nube, y la dejó reposar sobre el sexo.
Jules, que en ningún momento perdió de vista su imagen en el espejo, comenzó a sentir una leve excitación. Estaba buena. Y eso le ofrecía una gran seguridad a la hora de llevar a cabo su plan. De nuevo, acercó la palma de la mano derecha a la vulva y la acarició de arriba abajo, sin dejar de observar sus movimientos, haciendo penetrar la emulsión superficialmente. La extendió hasta el pompis, mientras giraba sobre la cintura y las puntas de los pies, para admirarse mejor. Tenía un trasero generoso, respingón y duro, y así empantanado de espuma, gustándose, sintió una ráfaga de excitación nueva y desconocida hasta ahora.

 

 

chica

 

 

A las ocho en punto de la mañana, del día siguiente, Jules ya estaba plantada frente al espejo de su habitación. Había que comenzar a vestirse. Sobre la cama, estaban las cajas abiertas de la lencería Diamonds. Primero recogió las braguitas, y el sujetador; la delicadeza de la seda y el tul, combinadas con una blonda tan sinuosa, que pareciera que se le fuera a deshacer entre los dedos. Se cubrió los pechos. Después, se dedicó a arreglarse de cintura para abajo; braguitas, panty y liguero. El triangulo que dibujaba el pubis, quedaba sutilmente a la vista, bajo el tul oscuro; pero solamente se intuía, sin ser evidente. Estaba preciosa. Lo conseguiría, sin duda. El negro le sentaba bien. Resaltaba su blancura y daba profundidad al castaño claro de su pelo, como en el cuadro insondable de un artista. Se observó por delante (los pechos quedaban recogidos en una cesta magistral), después, por detrás (su culo era lo que más la provocaba.) Se atusó el cabello, ahuecándoselo levemente en la coronilla, se humedeció los labios y se sentó frente el tocador. Un toque de Gloss rosa en los labios, rímel, una pincelada de colorete color Paradise y, sobre todo, seis gotas de perfume repartidas por el cuerpo cálido de la bella y convencida, Jules: dos a cada lado del cuello, una entre los pechos, otra en el abdomen, pubis y para acabar, tras restregarse las manos, se palmeó ambos cachetes para aprovechar el resto de perfume. Sonrío a su imagen, reflejada en el espejo. Dirigió la vista al reloj y se asustó. Se hacía tarde. Debía acabar de vestirse rápidamente, con el modelito de chacha que le habían indicado: Raso negro y blanco, muy corto, cofia y manguitos de batista y puntillas de blonda. Antes de salir, se colocó la peluca, recogió la gabardina del colgador del pasillo, la cerró sobre el cuerpo, ajustándola a su cintura con un cinturón de hebilla, y mientras bajaba las escaleras hacia la calle apresuradamente, llamó a un taxi. En ese momento, se tranquilizó jurándose a sí misma, que sería la primera y ultima vez, que pasaría por esto.

 

A las nueve en punto llegaba a la casa del cliente que había solicitado sus servicios como Porno-Limpiadora Doméstica (Después de elegirla en un catálogo, entre más de cien chicas.)
Respiró hondo antes de colocarse la cofia y el antifaz, que le cubría parte del rostro. Pensó en la indecente cantidad de pasta que le iban a pagar, por pasar el plumero a cuatro muebles. Eso le ofreció una gran satisfacción, gasolina para el ánimo. Después llamó al timbre. Se humedeció los labios, se atusó el cabello, se pellizcó las mejillas, y después, adelantó los pies un paso hasta colocarse sobre la alfombrilla de la entrada. Lanzó un suspiro, miró al cielo… Y llamó a la puerta.
En tres segundos se encontró frente a un hombre atractivo, alto y grande como un armario, de mediana edad, con una mirada tranquila y amable. Jules, en cambio, empalidecía por segundos, frente al gigante. Le había reconocido enseguida. ¡El señor Brossman! ¡El gerente del centro comercial donde trabajaba! ¡Oh, Dios mío! ¡Ohh, Dios mío!-se decía para sí desconsoladamente. Él, en cambio, le sonrió como si la conociera de toda la vida. Y en realidad, así era. Lloyds Brossman además de su jefe, era amigo íntimo de su hermano, y la conocía desde que era una niña. Evidentemente, no la había reconocido gracias al antifaz. ¿O sí? ¡Ohhh, Dios mío!, exclamó de nuevo. ¡El catálogo!
– Hola, preciosa. Pasa, por favor.
En ese momento deseó salir corriendo, morirse allí mismo o que la atropellara un tren. Estaba jodida, porque la vigilaban desde la calle, y estaba obligada a cumplir con su compromiso. Irremediablemente, tenía que entrar y hacer su trabajo.
– Hola. ¿Cómo está? Soy Stella-dijo tímidamente, alterando como buenamente pudo su tono de voz.
Lloyd le ofreció su mano. Y ella la estrechó sin fuerza. Se soltó enseguida.
– Yo soy Lloyd. Encantado. Eres una preciosidad. Más si cabe que en las fotos.
Jules le sostuvo la mirada bajo el paraguas de una identidad falsa, y de un antifaz oscuro; aún así se quitó la gabardina, rezando para que no la reconociera.
– Verdaderamente, preciosa, sí…- insistió mientras la desnudaba con la mirada.
– Ya…¿Le importa si empezamos, señor Brossman? El tiempo, ya sabe…
– Sí, claro.
– ¿Por donde quiere que empiece?-preguntó mientras sacaba del bolso un plumero con el mango de madera.
– ¿Quieres que te diga la verdad?
– Claro.
– Me da exactamente igual. Solo te he contratado para que me enseñes el culo y las tetas. Y si pudiera ser, estoy dispuesto a pagarte 1000 dólares más extras para ti, si te acuestas conmigo.
– No me dijeron nada de sexo, señor Brossman.

 

 

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El hombre se sentó en el sofá del salón, mientras se aflojaba el cinturón.
A Jules se le dispararon las pulsaciones.
– Ya lo sé. Pero yo te lo propongo. No tienes que
contestar ahora. Piénsatelo. Es un buen dinero, ¿no crees?
– Lo pensaré-contestó con un hilo de voz apenas
perceptible.
– Bien. Y ahora comienza, por favor. ¿Podrías fregar los platos de la cocina?
– Claro.
– Sin bragas. Desnúdate de cintura para abajo y ponte el delantal que hay detrás de la puerta.
– Vale…
Jules se encaminó a la cocina. Al tratarse de un loft, el hombre podía controlar sus movimientos por la casa y observarla perfectamente desde el sofá. Jules llegó a la cocina. Se desnudó de espaldas. Deseó que no la obligara a mirarle mientras lo hacía. Cuando terminó recogió el delantal y se lo ató a la cintura. El pompis quedaba a la vista bajo el lazo; cálido, hermoso, misterioso…Penetrable.

 

 

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Comenzó a fregar. No escuchaba nada. Tan solo el agua correr a chorros a través del grifo. Podía imaginarse al bueno de Lloyds, el respetado gerente, masturbándose, mientras le clavaba los ojos en el culo; pero no quiso seguir imaginando, mientras podía ver eso con sus propios ojos. Sí. Realmente se moría por descubrir la increíble escena. Finalmente, con el corazón desbocado como una manada de caballos salvajes, se giró para ver qué coño estaba pasando. El morbo le pudo más que la vergüenza de ver a su jefe en esa tesitura. Y cuando lo hizo, por fin, descubrió que Lloyd, tan solo la observaba tranquilamente.

 

 

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Jules se tranquilizó, por ahora todo iba bien, mejor de lo que cabía esperar, y sofrenaron aún ligeramente, los ruanos que cabalgaban sin control en el interior de su pecho.
La chica bajó la cabeza, todavía de espaldas.
– Quiero que estés tranquila, ¿vale?-dijo Lloyd en voz alta desde el salón.
Ahora harás lo que yo diga nena. ¿De acuerdo?
Jules asintió de cara al fregadero.
Coge tu ropa. Vuelve a colocarte las bragas, el panty y el liguero. Y ven aquí, por favor. Frente a mi.
La mujer obedeció, protegiendo su pudor con el delantal:
– ¿Puedes quitarte el antifaz?
– No, no señor.
– ¿Por qué? –preguntó mientras sonreía-.Vale Stella.
Lo respeto.
Jules comenzó a ponerse las braguitas.
– ¡No! ¡Espera, por favor! Tienes que sentarte. En la butaca de ahí enfrente.
– De acuerdo-susurró mientras tomaba asiento con las piernas cerradas.
– Póntelas.
Jules tuvo que descruzar las piernas y el hombre atisbó el sexo, pequeño, deseable; alitas deliciosas y carnosas, que le hicieron la boca agua.
Cuando acabó de vestirse, le ordenó limpiar todos los zócalos, subirse a la escalera, pasar el trapo por el suelo en la postura del gato, sacar brillo a las tuberías del fregadero y finalmente, le ordenó sentarse sobre su cama.
– Bien, Jules, como los dos sabemos, esto se acaba- sentenció mientras miraba el reloj-. ¿Lo has pensado? Porque puedes irte con trescientos dólares a casa o con mil trescientos. ¿Qué me dices?
Jules observó, desde la cama, que en una de la mesillas de noche, había una botella de champán francés y dos copas. Tenía sed, mucha sed. Y se había excitado, involuntariamente, durante las dos horas que Lloyd Brossman, su jefe, la estuvo observando. Lloyd le gustaba desde hacía mucho tiempo, sin embargo, ¿como podía hacer el amor sin que la descubriese?… Él podría echarla a la calle, y entonces, su hijo y ella pasarían grandes penurias. Por otro lado, era una oportunidad única para darle a su cuerpo una alegría; tantas veces se había imaginado en su cama. ¡Acostarse con Lloyd Brossman, sería la leche!
Le tenía frente a ella, claramente excitado. No la había reconocido. Entonces, ¿qué podía temer?
– ¿Puedo tomar una copa de Champán?-le preguntó reclinando su cuerpo sobre la cama.
– ¿Eso es un sí?
– Puede.

 

 

Brossman descorchó la botella y el tapón impactó en el techo acompañado de un gran estruendo. Los dos rieron. Jules cogió la copa que le ofreció y brindaron a la salud del polvo que inevitablemente iban a echar. Ambos carcajearon por la ocurrencia de Lloyd.
Durante la próxima hora, Jules, aún oculta por el antifaz, y su jefe, hicieron el amor, tan dulcemente, que a ella le asaltaron las dudas. No la trataba como a una prostituta, sino como a una diosa de cristal. La acariciaba como si fuera una sirena de cuento, y su piel de escamas, resbalara entre los dedos gráciles de su amado; descubriendo cada rincón de su cuerpo como si fuera el primero y el único que había visto; dedicando todo su empeño en hacerla estremecer de placer.
– Jules, cásate conmigo- le dijo Lloyd de repente tras el orgasmo compartido.
Jules, se incorporó de repente de la cama, mientras involuntariamente, se quitaba el antifaz. Le miró aterrorizada, primero. Después lo entendió todo. Brossman tenía fama de ser un tío bromista, sencillo y especial. ¡¿Había preparado de esa forma tan retorcida su petición de matrimonio?!
Comenzó a reírse tan fuerte, que él la agarró por la cintura y la echó de nuevo de bruces en la cama.
– Eres terrible.
– Y tú preciosa.
– ¿Si, entonces?
– ¡Por supuesto! ¡Pero me debes la primera colada! Y la quiero en pelotas!

FIN

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