¿Quién es Stella de Lucca, protagonista de La Butaca Roja?

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Stella de Lucca, creativa de publicidad en Earth& Moon, es una mujer separada de 38 años, inteligente, simpática, atractiva y popular. Pertenece a esa clase de mujeres que cuando las ves sonreír,  ya sabes que lo tienen todo en la vida. Stella incluso poseía inteligencia emocional e interpersonal, además de un Porche que multiplicaba en dos su atractivo, una casa en Ibiza (también) y una buena relación con su ex marido. Sin embargo, conociéndola más de cerca, y  más allá de todo lo meramente terrenal, Stella, era una mujer sencilla, insegura, frágil y tremendamente sensible.

 

 

Una noche de finales de Julio, salió de casa enfundada en un abrigo y un vestido negro de Versace, y calzada con unos elegantes Jimmy Choo, para celebrar su despedida de casada, junto a sus mejores amigas. Durante la fiesta, los canapés, el vino y más tarde el champán, colmaban vasos, copas y bocas, en un trasiego de bandejas, camareros, discos de los noventa, risas y escarceos amorosos, que encantarían a cualquiera. En fin, una de esas fiestas maravillosas, a la que todo el mundo querría estar invitado.

Pero, las cosas, hubieran resultado demasiado aburridas de continuar así, para un puñado de creativas con ganas de divertirse y desternillarse de risa hasta orinarse en las bragas, si no añadieran -ciertas cosillas imprevisibles e impertinentes-,  que animaran el guión.

Así que, se comunicó a Stella, a eso de las doce en punto de la noche, a través de un comunicado oficial (o al menos así le pareció dada la pomposidad que se le dio al acto), que desde hacía siete días, aparecía un mensaje en la sección de anuncios de un periódico nacional de gran tirada,

que estaba firmado con su nombre. En él decía:

 

 

 

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Y en la última linea aparecía el nombre de Stella de Lucca, claramente destacado en letras mayúsculas, junto a su foto y su email de empresa.

Stella no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. La música cesó. Fue entonces cuando sus amigas le invitaron a echarle un vistazo al correo electrónico. Más de mil quinientas solicitudes llegadas de todo el país, habían contestado a la atractiva publicista.

Fue una broma pesada. Pero no lo tuvo en cuenta. Aguantó el tipo como pudo y durante las semanas siguientes, intentó arreglar aquel desastre.

 

 

En aquellos días, su abuelo Juan murió. Fue muy triste, pero estaba enfermo, solo y muy mayor. Así que casi fue lo mejor que le pudo ocurrir. Se sintió satisfecha de haberle visitado, durante los últimos cinco años con regularidad, en la residencia (todos los domingos por la mañana, excepto cuando tenía algún viaje de trabajo.) Al menos, su compañía, durante las horas de lectura, bajo espléndidas bunganvillas, contrarrestaban ahora su pena y pesar, porque a su abuelo sus visitas y sus relatos, le hacían muy feliz.

 

 

Había transcurrido una semana y media, cuando se leyó el testamento. Se declaró a Stella como heredera universal de su abuelo, para gran sorpresa de hijos, sobrinos y demás nietos. Y de la noche a la mañana, fue la propietaria de todo un pueblo perdido en algún rincón de la provincia de Castilla-León. Fue francamente impactante, imaginarse dueña de bosques, montes y parajes insólitos, pero sobre todo, de un puñado de viejas casas fantasma.

 

 

 

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Debido a un manojo de circunstancias calamitosas (como la anterior mencionada), y otras que ya os explicaré en su momento, Stella acabará huyendo de su cómoda vida en la ciudad, para ir a habitar uno de los pajares en un pueblo desierto y sin nombre. Es lo que siente y necesita. Ya lo escribió en su momento:

 

 

 

“Es difícil vaciar la cabeza. Abandonar la mochila del pasado y liberarte de la carga del futuro. Pero no imposible. Créeme, yo lo conseguí.

Ahora cada día me levanto pensando “Hoy empieza todo” y antes de llegar al baño ya me he dicho a mí misma: “No debes dejar para mañana de ser feliz”. Estrangulé el pasado con mis propias manos, dejando sin respiración cada bofetada que me dieron, y ahogué el futuro que me negaba el presente en un barril de agua hirviendo, para deshacer cualquier sueño platónico, antes de coger las riendas de mi vida.

Fue al morir mi abuelo, cuando las cosas dieron un giro de 180º. Abandoné la ciudad, dejé mi segunda residencia en la costa, vendí todo lo que tenía y me fui a vivir a un viejo establo que acababa de heredar, en un pueblo fantasma, a doscientos kilómetros de la civilización y lejos de cualquier bicho viviente. Sin hipoteca, ni trabajo, ni pareja, ni vecinos, ni nadie ni nada más que una butaca roja, me encargué de ser la única habitante sobre la Tierra en un mundo súper poblado.

Y por primera vez en mi vida, me sentí viva, y capaz de cualquier cosa.”

 

 

 

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Y fue precisamente ese “capaz de cualquier cosa” lo que  impulsó a Stella a cometer alguna locura, como permitir, una noche de finales de otoño, la entrada en su casa de un misterioso motorista con cara de chico malo, que le hizo enloquecer, en más de una ocasión, con largas conversaciones,  íntimas confesiones y el placer de la carne, sobre una hermosa Butaca Roja.

 

 

 

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Buenas noches.

 


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