Sin palabras

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– ¡Vamos, conduce!

– ¿Qué vas a hacer?

– ¡Aún no lo sé! ¡Maldita sea, no quería cargar con ningún rehén!

– Entonces, deja que me vaya. Por favor…

– ¡No soy ningún gilipollas! Y me has visto la cara.

– No diré nada. Sólo quiero irme a casa… Por favor…

– ¡Cállate y arranca!

¿Cómo te llamas?

– Jill.

– Vale, Jill, si haces cualquier cosa que me cabree, tendré que pincharte hasta que dejes de respirar y después enterrarte por ahí. Uf, qué pereza. Mira…, yo prefiero que nos llevemos bien, que mantengamos una conversación civilizada, que escuchemos música… Cómo dos compañeros de viaje, ¿si? ¿Crees que lo conseguirás, Jill?

La punta del cuchillo rozó la mejilla de la mujer.

– Sí…

Comenzó a gimotear.

– No, no, no… No llores. No me gusta. El llanto de una mujer me pone nervioso… No sé, es una sensación incómoda… En fin, para, ¿vale?

– Sí.

¿Me matarás? ¿Verdad?

– No te tortures. Queda mucho camino.

– Tú lo has dicho antes… Te he visto la cara.

– Bueno, es un detalle determinante, sí. Pero no concluyente. -La mujer le miró extrañada-. ¿Qué pasa?¿Qué miras?

– Hablas como si…

– ¿No fuera un vulgar ladrón de bancos?

– Sí.

– Soy abogado. Te sorprenderías cuantos ladrones hay por ahí con carrera.

– Ya.

El secuestrador la mira fijamente mientras conduce atenta a la carretera.

– Eres guapa.

– Gracias.

– ¿Jill, que más?

– ¿Qué más?

– Tu apellido.

– Rey.

– Es de origen latino.

– Mi padre es español.

– Ah.

¿Estás casada?

– Separada. Hace muy poco.

– Yo también.

– ¿Tienes hijos, señor abogado?

– No. Y menos mal. Todo hubiera sido más complicado.

– ¿ Y tú?

– Sí. Uno. Nil. Tiene tres años -contesta mientras aprovecha para examinarle, de soslayo, ahora que parece distraído, ocupado en el paisaje exterior. Varios botones de la camisa han quedado abiertos desde el ombligo hasta la cadera, y se deja entrever un bello abdomen bronceado-. ¿Te gustaría haber sido padre?

– Aún hay tiempo para eso. -El secuestrador  la mira condescendiente, después sonríe-. Hueles bien. Quítete esa ridícula americana de ejecutiva. La camisa te queda genial.

Jill sujeta firmemente el volante con una mano y con la otra desliza la prenda por el hombro. Él la mira deteniéndose en cada curva, disfrutando de todos sus recovecos. Se detiene un rato en sus piernas. Los panties son casi transparentes si no fuera por un ligero brillo anacarado. Jill tiene los tobillos finos, las pantorrillas esbeltas y los muslos duros, moldeados seguramente por periódicas sesiones de cycling o running.

– Tampoco tienes pinta de violador.

– ¿Por quién me tomas? ¡No me insultes! Puedo tener a cualquier tía, la que yo quiera, cuando quiera y sin forzar a nadie . ¡No soy un maldito degenerado, joder!

-Perdona. Me estás mirando mucho… Me intimidas.

– ¡Pues no era mi intención!

 

 

 

 

Ciento noventa y cinco kilómetros más tarde… Anochece.

 

 

Después de horas juntos en el coche, conversando, surcando solitarias e interminables carreteras, Jill intuye que el secuestrador, es la primera vez que comete un delito de esa envergadura. Es atento con ella, incluso caballeroso. Le había ofrecido comida y agua, ir al baño, le sonreía a menudo, mostraba altos índices de emotividad, sensibilidad y un agradable sentido del humor, escote de la inteligencia. Compartían opiniones sobre filosofía y literatura; obviamente le resultaba simpático. Era un tipo endiabladamente atractivo, de unos cuarenta y pocos, de complexión mesomórfica: alto, fibroso; un deportista. Su pelo era brillante, de color castaño claro con las puntas desgastadas por el sol, la piel cuidada y algo bronceada; aún conservaba la marca de las gafas de esquí. Y sus piernas eran descomunalmente largas. Las mantenía dolorosamente replegadas contra sí mismo, porque apenas le cabían en el compartimento. Un Mini… Había tenido que ir a escoger su diminuto coche; al que él le había obligado a subir cuchillo en mano en el parking del edificio, mientras huía, después de que el grupo de atracadores del que era cabecilla, y que habían asaltado el banco donde ella trabajaba como cajera, fueran sorprendidos por la alarma que alguien activó durante un desafortunado descuido. Acorralado por algunos guardas, se había visto en la obligación de tomarla como escudo y salir huyendo en solitario. (Qué diferente hubieran sido las cosas si él hubiera escogido a su jefa, la directora de la sucursal, la señora Boyle, esa bruja… Además tenía un Porsche Cayenne, a la medida justa de la longitud de las piernas del secuestrador, ¡joder! Pero, no, le había tenido que tocar a ella y a su coche recién estrenado. Seguro que acabaría destrozando a ambos – pensó-, y eso que aún no había pagado ni la tercera cuota. Pero, ¿a quién coño le importaba, en esta jodida situación, el maldito coche si iba a morir?

Jill comenzaba a ahogarse en absurdas cavilaciones. De repente, ante tanta sinceridad demostrada por parte de su secuestrador, también comenzaba a sentir pinchazos de arrepentimiento. Le había mentido. Sí. Para salvar el pellejo. Ella no tenía hijos. Creyó que así podría ablandarle el puto corazón, que la dejaría ir. Pero no había resultado.

 

 

 

– ¿En qué piensas?

– En nada.

– ¿Estás cansada?

– Me duele un poco la rodilla. Y la espalda.

– Vale. Pararemos aquí cerca. Coge la próxima salida. Hay un hotel, está limpio y es tranquilo.

Ambos salen del coche. Él la agarra del antebrazo, por debajo del abrigo. Caminan hacía la entrada.

– No hagas ninguna tontería. -Jill niega con la cabeza. Se acercan al mostrador de recepción-. Una habitación para esta noche, por favor.

El conserje sonríe mientras les pide una documentación.

– ¿Exterior o interior?

-Interior.

– Muy bien, señor Read – respondió el recepcionista-. Habitación veintidós, segunda planta.

El trabajador del hotel reparó en la mujer, fue durante una fracción de segundo, tiempo suficiente para recibir un gran chispazo eléctrico. Ella suplicaba, aun sin abrir la boca. El secuestrador sonrió amablemente al hombre, recogió la tarjeta de plástico y el carnet de identidad y después, besó la cabeza de Jill.

– Vamos, cariño. ¡Por fin podremos descansar!

– Buenas noches, señores. Qué descansen.

– Gracias.

 

 

 

En la habitación…

 

 

 

– ¿Qué has hecho, puta?

– ¿Qué?

Read, saca el cuchillo del bolsillo interior de la cazadora, lo empuña con fuerza y coloca la hoja sobre la yugular, mientras la arrincona contra la pared.

– ¡Has intentado joderme! ¿Crees que no me he dado cuenta como mirabas a ese tipo?

-Nooo. Me has malinterpretado. Por favor… Déjalo. Se que tú no eres así.

Read deja caer el cuchillo al suelo. Da un puñetazo salvaje a la pared, justo por encima de la cabeza de Jill. Ella se agacha, llorando, protegiéndose con los brazos, muerta de miedo. Después, enseguida, el secuestrador se relaja, le da la espalda. Encamina el paso hacía la ventana, mientras se lleva las manos a la nuca.

– ¡Dios mío! ¡Estás sangrado! -grita Jill. Se levanta, se dirige hacía él, se rasga parte de la camisa de lino, e improvisa un vendaje.

De vez en cuando, se encuentran, uno en los ojos del otro. Es agradable.

– ¿También eres enfermera?

Jill sonríe.

-Tengo cuatro hermanos.

Un fuerte chaparrón irrumpe afuera. Los cristales se cubren enseguida de pequeñas gotas de agua que al tomar contacto con el viento, se transforman y se alargan; son obligadas a arrastrarse por el vidrio, tiritando, intentando avanzar sobrias, sin éxito. Llega la tormenta. Los truenos se oyen lejanos.

– Métete en la cama, Jill.

-¿Qué?

– ¿Quieres que te lo repita otra vez?

-No.

-Puedes desnudarte en el baño.

– No hace falta. Dormiré así.

– No soporto compartir habitación toda la noche con un puto maniquí de escaparate.

A Jill la comparación le provoca una ligera sonrisa.

– Me gusta tu sonrisa. Va, quítate la ropa, hace calor. Y métete en la cama. Tranquila, puedo dormir en el sofá.

Jill, sale del lavabo en bragas y camiseta interior.

– Quítate el sujetador.

– ¿Perdona?

– No te has quitado el sujetador. Es incómodo dormir con eso. ¡Quítatelo!

Jill se mete en la cama. Se tapa hasta el cuello y se desprende de la camiseta interior. No pierde de vista a Read. Desliza el sujetador entre su cuerpo y la sábana y lo tira al suelo. Vuelve a ponerse la camiseta. Después se suelta el pelo. Cae alrededor de los hombros, y por encima de la almohada.

– ¿Cómo te llamas? ¿Puedo preguntártelo?

– Llámame Read.

– Read, puedes dormir conmigo.

– ¿Cómo dices?

– Prefiero no perderte de vista. -Jill sonríe-. Ven.

Da un tirón de la sábana y deja entrever su cuerpo semidesnudo. El secuestrador, traga saliva. Se lleva las manos a la cabeza y se echa el flequillo a un lado. Los pechos de Jill le aturden, le roban la concentración. Bajo una capa de algodón los senos reposan serenos, solamente traicionados por las mamas, alteradas, duras, prominentes; dos botones provocadores, excitantes.

Read, se desnuda completamente. Después deja el cuchillo bajo su lado de la cama, en el suelo. A mano.

– ¿Qué tramas?

-Nada. Es sólo… La tormenta. Tengo miedo.

– Si intentas algo, te mataré -susurró. Su voz sonó demasiado debilitada.

Jill se gira y le da la espalda en cuanto Read se mete en la cama. El secuestrador percibe el agradable olor de su larga melena castaña, y más abajo, descubre unos hermosos cachetes cubiertos por un suave culotte de algodón blanco.

– Acércate, Read. Abrázame.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? ¿De verdad necesitas saber en este momento por qué?

Su secuestrador duda durante unos segundos. Pero, finalmente hace lo que ella le pide. Jill siente la incipiente excitación de Read a través de su pompis.

– No sé a que juegas, pero no voy a caer.

– No hables, Read. Cierra los ojos.

Jill se mueve. Al principio muy sutilmente, apenas es perceptible, salvo para su excitación. Lentamente roza sus nalgas, una y otra vez, sobre el abultado sexo del hombre, que cierra los ojos despacio, dejándose arrastrar como una piedrecilla de vidrio, ante la ola de emoción que lo retrae.

En su cabeza, las botellas que él y su hermano solían colgar en el porche, marrones, verdes y blancas, suspendidas de una cuerda, chocan sus cuerpos produciendo titilantes sonidos mágicos.

Jill se gira en busca de sus labios. Le besa suavemente. Encuentra el calor que necesita.

El plan que había urdido, ya no tiene sentido. Follar con él toda la noche, hasta dejarle dormido, después huir. ¡¿Quién deseaba huir?!

Read, reacciona. Despierta de una ensoñación. La agarra de las muñecas y la deja boca arriba, bajo su cuerpo. Jill suspira, y él aprovecha para meterle la lengua en la boca. Ella se agarra con ambas manos a su cadera y lo atrae una y otra vez hacía sí, mientras implora lo que deseó desde el momento en que le vio entrar en el banco. Lejos de satisfacerla, Read, aguarda. La tranquiliza, introduciéndole el dedo. La masturba delicadamente, al principio, acariciando el clítoris, preparándolo para su paladar. Mientras su mano actúa, él baja hasta su vientre, la besa una y otra vez, con la premura obligada por descubrir lo que le aguarda más abajo. Desliza la braga a un lado, la prenda lo excita, no desea hacerla desaparecer. Ve la delicada intimidad de Jill, mientras la tormenta ahora descarga con inusitada fuerza sobre el edificio. Extrae el dedo. Le toca el sexo con la palma. Está caliente, húmeda; transitable; agua para chocolate. Acerca la cabeza. Jill se mueve, da pequeños cabezazos contra la almohada. Read la coge de la cadera y la arrastra hasta que sus piernas quedan dispuestas en el ángulo perfecto, rodeándole el cuerpo. Acerca su boca. Los labios del hombre, llegan hasta sus labios genitales, que arden. Le pasa la punta de la lengua, de arriba a abajo, y de abajo arriba, una y otra vez, hasta que pierde el control de sí mismo. Y comienza a absorber, a mordisquear, a lamer con la lengua totalmente desplegada. Jill grita, se deshace, quiere ser penetrada. Una y otra vez… hasta el amanecer.

 

 

 

Y con el último estruendo, mientras arrecia la ventisca y se aleja la tormenta, los extraños amantes caen uno al lado del otro, vencidos por el sexo y el cansancio. Los dos ríen. Se desternillan. Las carcajadas se elevan y se expanden hasta los muros de la habitación y más allá, por los pasillos y los vestíbulos del viejo edificio.

– ¡Ha estado genial!

– No hay nada como estar liado con una tía con imaginación, ¿eh?

– ¡Joder, Cósima, eres la leche! ¡Tu plan para montarnos una historia excitante y follar de película ha sido total! ¡Me has vuelto loco, nena!

– Hay que montárselo diferente, si queremos seguir avivando la pasión, después de tanto tiempo.

No quiero que te canses de mí, cariño.

– Aún no he visto a una mujer más guapa que tú, todavía. Además… ¿Donde podría encontrar a otra que me sorprenda como lo haces tú?

– Te amo.

– Te amo…

 

 

 

Pero de repente, cuando se disponen a descansar…Aporrean la puerta, la echan abajo. Aparece el recepcionista tras un grupo armado de hombres.

– ¡Arriba las manos! ¡Policía de Los Ángeles!

¡Levántense de la cama, rápido! ¡Están detenidos!

 

 

Y en la comisaría del distrito 14, cuatro horas más tarde, el inspector jefe de la policía, tras tomar declaración a los detenidos,

sólo consigue articular un escueto “Sin Palabras” ( y así quedó escrito en el informe  policial, según consta), antes de dejarles marchar…

 

 

 

 

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Buenas noches.

 

 

 

 

 

 

 

 


2 Comments

anubis says:

18 febrero, 2015 at 10:05 am

Cada día te superas más, kuki.
Un relato lleno de aromas, caricias, sensualidad y sexo salvaje. te doy un sobresaliente!
Ya echaba de menos tus cálidas palabras y tus estrofas de seda y satén.
¡Espero pronto otra historia de secretos inconfesables y lujuria descontrolada!

Kuki García Kirsch says:

18 febrero, 2015 at 1:49 pm

Gracias, Fran! Seguimos avanzando en las historias, exprimiendo experiencias, jugando con las escenas, provocando a los personajes; en fin, haciendo el amor con las palabras…

Besos!

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