Tú tan cuerpo y yo tan delito. II Parte.

No Tags | Historias de amor y una pizca de sexo.

Georgia Gibson Julià.

Una barcelonesa aficada en Los Angeles,

a quien le ocurren últimamente algunas calamidades,

cómo la reproducida en la imagen de cabecera.

 

 

Faltan tres minutos para las ocho de la noche. La hora en que ha quedado para cenar en casa de Patrick K., el vecino del Principal, 1ª.

Vuelve a colocarse delante del espejo del recibidor, como había hecho hace cinco, pero esta vez, cargada con tres botellas. Vale. Si se las coloca entre el cuerpo y el brazo corre el riesgo de parecer la chica de los recados y se verá muy limitada en movilidad.  Mejor llevarlas metidas en algún sitio. Prueba colocándolas en una bonita bolsa de cartón con las asas de cuerda. De nuevo frente al espejo. Tampoco le convence. ¡Parece que acaba de salir de la licorería, joder! Regresa corriendo a la cocina. Echa un vistazo.  Busca el lugar perfecto para transportar las botellas que va a llevar a la cena. Normalmente se obsequia al anfitrión con una o dos pero ella ha optado por comprar tres: Una de vino tinto, otra de vino blanco y un cava. Así no falla. Igual se ha pasado. No quiere quedar mal. Pero, ¿ y si Patrick interpreta el exceso como la desesperación de una soltera por encontrar pareja? ¡Ay, madre!

Mira el reloj. Faltan dos minutos y las botellas siguen tiradas sobre la butaca de la entrada.

De repente tiene la solución. ¡La cesta de mimbre con la que va a comprar cuando no necesita muchos artículos! ¡Es perfecta!

Georgia corre hacia el recibidor. Recoge las tres botellas y las coloca cuidadosamente en la cesta. Después pasa el brazo bajo el asa, la coloca en el antebrazo y se vuelve a plantar frente al espejo.

Sí. Ahora sí. Respira hondo. Un último vistazo general. Todo más o menos bien; el pelo suelto, un poco revuelto, aunque no despeinado, un vestido sencillo de algodón que le sienta genial y unos botines.

Seguramente no van a hacer nada la primera vez que quedan. Aunque se ha tomado su tiempo a la hora de elegir la ropa interior. ¡Por si las moscas! Qué ya le había ocurrido alguna vez tener que prescindir del sexo, por no ir depilada o por llevar puestas las bragas más feas del cajón.

Se dispone a salir. Un último vistazo. De frente. ¡Dios! Con la cesta apoyada en el antebrazo parece Caperucita yendo a casa de su abuelita. Vale. Falta medio minuto para la cita. No quiere ponerse nerviosa que entonces le baja la tensión y una lipotimia ahora no interesa. Saca el aire por la boca liberando la tontería que lleva encima. Agarra la cesta con la mano. Sí. Ahora sí. Le da una aire de campesina fresca… ¿Campesina? ¿Qué ha dicho? Por favor…Tendría que haberse puesto algo más formal. Pensará que no te has molestado en arreglarte para ir a su casa. ¡Da igual! ¡No hay tiempo para otro cambio! 

Se dispone a salir. Coge las llaves. No sea que ahora se las deje por dentro. Por fin cierra la puerta.

Baja las escaleras. Así hace piernas… Últimamente come fatal y no está en su mejor momento… ¡Qué más da! ¡Hoy-No-Va-a Pasar-Nada! 

Aunque le vendría de maravilla echar un polvo…

 

 

 

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Ding-dong.

 

 

Respira hondo. Se siente insegura. Humedece los labios. Ojalá Patrick no se haya puesto demasiado atractivo. Así controla mejor.

El vecino abre la puerta. Mala suerte. ¡Qué atractivo, por Dios! 

– Hola, Georgia. ¡Bienvenida, de nuevo!  – Él desplega los labios para dibujar una hermosa sonrisa blanca. Es guapo y lo sabe.  Le da un aire a ese actor norteamericano que hizo 300… ¿Cómo se llamaba? Gerard Butler, ¡eso! -. Pasa por favor.

Inconscientemente se lo imagina sin camiseta y la mirada sucia.

 

 

 

 

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– Hola Patrick. Buenas noches.

El vecino toma la iniciativa. Se acerca para darle dos besos. El olor de Georgia, pero sobre todo, la melena revuelta sobre los hombros, le encanta. La encuentra preciosa, muy natural.

-¡Qué guapa estás!

– Gracias. No sabía que ponerme. – ¡No! ¡Eso no debía haber dicho!  Demasiado tarde. Intenta cambiar rápidamente de tema-. Mis amigos me llaman Gia.

-¿Gia? ¡Me gusta!

Patrick  repara entonces en la cesta que lleva en la mano.

-¡Pero, mujer! ¿Qué traes ahí? ¡No era necesario!  No tenías que haberte molestado.

Georgia le entrega las botellas.

– Es lo mínimo… Aunque yo no bebo alcohol y no entiendo mucho. Espero haber elegido bien.

-¡Están genial, seguro! Pasa por favor. -Se dirigen a la cocina. Patrick la guía-. Pero, ¿no bebes, nada de nada?

-Nada.

-¿Y hoy? ¿Esto es para mi solo?

-Esta noche haré una excepción.

-¡Bien! Me gusta… -susurra con una sonrisa maliciosa.

-Gracias por invitarme. Me ha hecho ilusión.

-Por favor, vecina.  Me lo pusiste a huevo.

Georgia sonríe.

-¿A huevo? ¿El qué?

– Qué pudiera invitarte a mi casa. Llevo meses pensando en ti.

-¡Eso no es verdad! ¡Me tomas el pelo!

-¡Te lo juro! -contesta mientras coloca las botellas en la encimera. Después abre la nevera y retira un bol a rebosar de ensalada de canónigos, tomate y mozzarella -. Por favor, ¿podrías acercarme los cubiertos para la ensalada? Están en ese cajón de la izquierda…

-Claro.

Georgia aprovecha que Patrick está de espaldas sazonando la ensalada, para observar atentamente el cuerpo de su vecino. En él pudo leer imaginariamente: Cuando tu mundo se desmorone, ven al mío… Cerró los ojos. Sacudió la cabeza. ¡Tantas semanas sin sexo le están pasando factura! 

-No sabía como montarmelo para hablar contigo-continua con un tono coloquial y natural-. El tanga ha sido la respuesta a mis plegarias.

Georgia soltó una carcajada.

-¡Qué exagerado! Por cierto, aquí huele genial.

– Pues no preguntes nada porque es una sorpresa -y luego añade: Por cierto… ¿Te has puesto el tanga azul tinta de boli como te pedí?

-Sí.

-Buf.

Ella le mira ruborizada.  Patrick deja el bol en la mesa. Después se acerca. Se queda a dos milímetros de su cuerpo.

-¿De verdad?

Georgia asiente con la cabeza.

-Veo que eres una chica obediente -le susurra a la oreja-. ¿Te gusta obedecer?

-Si…-responde tímidamente. –Pero… Qué le ha dicho, qué le ha dicho¡Va a pensar que esto lo hace a menudo…!

-A mi me gusta mandar. Pero solo a ratos… ¿Sabrías aprovecharte de mi y del momento? Dime…

Patrick la agarra por las caderas y la atrae hacia él.

 

 

 

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Georgia no sabe donde meterse. Esta muy mal. El corazón se le dispara, comienza a humedecerse, esta poniéndose muy tonta. Seguro que a estas alturas el vecino ya sabe que su “magdalena” está sin untar desde el pleistoceno. ¡Eso se nota!

-¿No crees que nos estamos saltando unas cuantas escenas antes del final? -acierta a susurrarle sobre los labios.

De repente, Patrick, sonriendo pícaramente, recupera la postura inicial y vuelve a los fogones como si nada hubiera ocurrido. Georgia parpadea perpleja. Vuelve a respirar hondo. Siente un gran alivio al verle ganar distancia.

– Tienes razón, Gia. Perdona mi impulsividad de Homo Erectus. “Erectus” ya sabes… -Ella sonríe. Cuando un hombre es tan natural y simpático como ese, nada es ofensivo -.¿Qué? ¿Cenamos?

-¡Claro!

Patrick rebela al fin, de camino a la mesa, el menú para esa noche: Fusilli. Qué no sea al Pesto, qué no sea al Pesto… ¡El ajo de noche le repite y el aliento huele a rayos! A ver… ¡No-Va-a Pasar-Nada-Esta Noche!  Aún así prefiero no oler a ajo…

 

 

 

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Buena suerte. Patrick la sorprende con unos apetecibles Fusilli a la carbonara.

-Me dedico a la publicidad creativa. Diseño campañas para grandes empresas. Bueno, habrá que pasar las frases a pasado.

Georgia le explicó todo lo ocurrido.

– A tu jefa antes de marcharte le tenías que haber dicho: ¡A follar más y joder menos! ¡Menuda hija de puta! ¿Por qué no quedó ella con ese pervertido para dejarse sobar?  ¡Creo que fuiste muy educada!

-Ya…

-¿Quieres que me encargue de ella?

-Pero, ¿qué dices, loco?

-Es broma mujer -contesta mientras pincha el bocado perfecto: Cuatro fusilli correctamente alineados bañados en su punto exacto de salsa-. Ya encontrarás algo mejor.

– ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

– Soy escritor.

-¡¿Escritor?!

-No, por favor…

-No, ¿qué?

-No quiero que tú seas como las demás. Impresionable.

-¡Yo no he exclamado por eso! ¿Serás creído? Sino porque lo imaginé la primera vez que te vi subido en la vespa. Fue como una revelación. Me dije a mi misma: Georgia, ese hombre, escribe. Tienes algo de inventor de historias, un no sé qué guay que asoma por debajo de tus chaquetas…

– Vaya… Has conseguido impresionarme tú a mi.

Georgia sonrió antes de cargar el tenedor de nuevo con tres fusilli pinchados de forma anárquica y con exceso de salsa. Antes de abrir la boca para satisfacer el paladar, dice:

– Los dos nos dedicamos a crear. Esta bien, supongo.

– ¿Tú crees? Viviendo en el mismo edificio, Doña Creatividad tendrá problemas a la hora de visitarnos. Umm… A ver,  ¿por dónde tiro? ¿Al Atico 2ª o al Principal 1ª?

– Bueno, siendo ella una mujer, supongo que se quedara contigo, mon amour.

– Desde luego, eso es una ventaja para mi. -Patrick alza las cejas y le ofrece una mueca cómica. Después se lanza a formular la pregunta que le asalta desde hace semanas. -¿Ahora no tienes pareja, verdad?

– ¿Por qué lo dices?

-Hace algún tiempo que no veo a ese hombre entrar en tu casa.

-¿Nathan?…  Sí. Hemos cortado.

-Si quieres no hablamos de eso.

-No. Da igual -responde condescendiente-. Ahora pienso que fue lo mejor que pudo pasarnos. Dicen que el destino aparta de tu camino a quien no te merece  – Georgia se ríe tímidamente. A veces el amor dura, otras duele. Cuando duele, mejor acabar.

– ¿Lo has pasado mal?

Gia le mira directamente a los ojos.

-En ese momento hasta respirar dolía.

Se crea un silencio, aunque éste no incomoda. Patrick la observa.

-Eres preciosa. ¿Lo sabías?

-No.

-Pues a mi me provocas un no sé qué… ¡Quiero follarte!

-¡Oye!

Georgia vuelve a sentir pequeños latigazos en su sexo. Las palabras muchas ocasiones excitan como lenguas entrenadas para el placer.

-Perdona…Cuando las mujeres están tristes me ponen cachondo. Ya te he dicho que soy ruprestre.

Georgia intenta disimular su exaltación formulando una pregunta.

– ¿Y tu? Eres feliz… ¿O actúas como si lo fueras?

-Soy soltero. Soy feliz. Y ya está. Prefiero la soledad al maltrato sentimental que implican las relaciones.

-Bueno, no siempre tiene que ser así. Yo a pesar de todo creo en el amor.

Georgia encontró los ojos de Patrick reposar en los suyos.

-¿Qué os pasó?

-Discutimos en un mal momento para ambos.

-Una mujer solo discute con alguien por el que realmente se preocupa y le importa.

– Díselo a él.

– ¿Lo has superado?

-Sí.

-¿Le echas de menos?

-A veces. – A Patrick le asalta un pequeño malestar. Georgia se da cuenta. Le gusta. Y añade: -Cada vez menos conforme pasan los días.

-Cuando se está enamorado, en promedio, se piensa unas 500 veces diarias en esa persona.

-Ya. Pero yo no estoy enamorada de él. Nos encargamos de decirnos las palabras justas para odiarnos el resto de nuestra vida.

Era justo lo que él necesitaba escuchar. Patrick sonrió mientras masticaba con gran placer.

-¿Y cómo echas fuera toda la mierda? Porque seguramente aún no has tirado de la cadena.

-Escribir lo que pasó me ayuda. El papel es más paciente que los hombres. -Gia pincha ensalada. Le han quedado las hojas demasiado desplegadas. El bocado resultará enorme. No sabe si volver a pinchar otro diferente antes de abrir la boca como un hipopótamo. Sí, eso será lo más decente -. Escribo para destilar todo lo que me molesta. Y con eso consigo un licor que luego embotello. Sabe algo amargo la mayoría de ocasiones, pero me sienta bien al cuerpo. Hay momentos en que siento la necesidad de descorchar la botella con tal de consumir todos los momentos de un trago.

Patrick, que había dejado de comer al comienzo de su alegato, seguía observándola perplejo. Después, cuando se aseguró de que Gia había acabado de desahogarse, continuó.

-Una botella…¡Una botella! -repite Patrick ante la sorprendente metáfora que utiliza Gia para definir a los recuerdos -. Dijo Bécquer “El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo”. Es lo que haces tú. Tu imaginación te protege.

-Ya. Pero esa imaginación…

– También la has sabido rentabilizar…¡Es una gran suerte!

Georgia le miró sorprendida. Lo debe decir por el coche qué tienes.

-¿Por qué dices eso?

-Bueno, tú forma de vida.  –Si, definitivamente lo decía por eso-. Los publicistas ganáis mucha pasta. La creatividad, se paga muy bien.

– Patrick todos los problemas que tengo se deben a ese exceso de imaginación. La cago siempre. En cualquier ámbito de la vida…Es mi único y occipitante problema global: ¡Para mi la vida es un teatro! Y lo que va ocurriendo no es más que un montón de consecutivas escenas, donde actuar es lícito. En este escenario idealizo todo; las personas, mis relaciones, las situaciones, incluso,… ¡Todo! Y a veces no me doy cuenta que los actores que contraté por mi cuenta, no entienden el argumento, ni mucho menos se imaginan que les haya incluido en el libreto. Muchas veces me enfado sin sustancia, solo para provocar cosas que luego quisiera que no sentaran mal; porque no son más que pantomimas, giros conducidos de los acontecimientos, diálogos escritos con el dedo sobre vaho en un espejo, imágenes inducidas que provocan sentimientos, reacciones que busco en los demás cuando estos se apagan a mi alrededor. Pero, claro, hay quien no lo soporta y se larga. Entonces es cuando comprendes que la realidad es otra, y que tu obra jamás se estrenará.

¿Estoy loca, verdad?

-Sí. Un poco bastante.

Georgia le lanza su servilleta a la cara.

-Mira, preciosa, la vida debe ser una locura. Sino todo se reduciría a un montón de facturas, de lunes, de fracasos, de historias de mierda. ¿Comprendes?

-Comprendo.

-Pues ya está.

Georgia le mira satisfecha. Ese hombre la comprende. Es normal. Es escritor. Otro loco de remate.

-La ficción es y será mi única realidad. ¡Y ya está!

-Y ya está -repite Patrick-. Brindemos por eso. ¡La ficción es y será nuestra única realidad!  -Izan las copas. Los dos beben mientras se acarician con la mirada. Si Georgia continua hablando lo enamorará como un tonto. Patrick la observa apasionadamente mientras ella se muerde los labios.

-Las mujeres pensáis que mordiéndos los labios y mirando perversamente a los ojos de un hombre, conseguís lo que queráis. -Y sí, tenéis razón.

 

 

 

 

 

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Georgia sonrió.

De repente, Patrick, carraspea. Se pone muy serio.

-Quiero decirte algo.

– Dime.

-Cierra los ojos.

-¿Para qué?

-Tú hazlo.

Georgia obedece.

-No esperes nada original. Conste que te lo he advertido.

– Sí, sí… Dime.

-¿Resumiendo?

-Resumiendo…

-Resumiendo: Te Amo. No sé si me explico. -Patrick lo había dicho. Ni él podía creerlo. Tanto tiempo observando a Georgia salir y entrar de casa,

maldiciendo su suerte porque ella tenía una relación, lamentando su falta de atrevimiento, pensando en ella cada vez que la luna aparecía radiante-. ¡No abras aún los ojos, por favor!

 

 

 

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Gia, no da crédito a lo que esta ocurriendo. Sonríe ampliamente. Su vecino, el mismo que se le acaba de declarar, le atrae desde hace varios años, cuando le vio llegar a su edificio una mañana de invierno, detrás del camión de mudanzas, con una vespa roja. Aquel día, agradeció al destino que fuera sábado para no perder detalle de sus idas y venidas. Y allí estaba ella, detrás de las cortinas, observando a ese atractivo moreno cargado con cajas y abalorios, con ganas de bajar para ayudarle. Pero no lo hizo, porque tenía pareja.

-Te explicas muy bien, Patrick.  Tú a mí también me gustas.  Desde la primera vez que te vi.

– ¿De verás? -Gia asiente con la cabeza-. Pero ahora tengo una duda.

-¿Cuál?

-No sé si acabar la escena follando sobre la mesa o haciéndote el amor en la cama…

Gia sonríe y responde, por primera vez, como le apetece, sin cortarse un pelo.

-Quita la mesa, Patrick.

El hombre tira al suelo con el brazo los restos de la cena ante la perplejidad de su invitada. Después se quita la camiseta, agarra a Georgia de la cintura arrancándola de la silla y la tumba boca arriba. No encuentra resistencia al levantar la falda del vestido y descubre el tanga azul: Provocativo, excitante hasta doler, perverso… Ideal para arrancarlo a mordiscos. Lo agarra con los incisivos por uno de los lazos de la cadera y tira de él, de manera que se abre de un lado. Se desplaza suavemente por la piel hasta caer sobre el muslo, y queda al descubierto el delicado sexo de Georgia. Patrick pierde la poca caballerosidad que guarda. Ella suspira mientras suplica que la ame, que acabe con ella, que la penetre tan fuerte como pueda. Pero a pesar de morirse de ganas, Patrick no lo hace. Responde primero besándola en el cuello, mordiendo sus labios rojos, comiéndose la barbilla. La agarra del pelo. Gia, se muere de deseo. Jamás en sus relaciones anteriores había sentido olas de excitación tan altas. Patrick le separa las piernas. Ella levanta una y otra vez las caderas, suplicando con sus gestos la penetración mientras abre la boca e intenta atrapar cada átomo de su esencia. El hombre responde introduciendo la lengua. Gia la atrapa con sus labios y evoca una felación. Fue en ese instante cuando Patrick, por fin, saca su virilidad y la penetra suavemente aunque con firmeza. Clava a Gia en la mesa. Ahora en cada movimiento, lento y profundo, marcado por una acelerada respiración, los dos se prueban, por primera vez, y es maravilloso. La humedad de ambos se mezcla, se confunde, se come, se vela, se intensifica, se muere por y para el otro…

El esperma cae por la espina dorsal de Gia. Ella se gira para acabar de lamer aquello que gotea y después le ofrece sus labios. Se besan.

Caen boca arriba sobre las sábanas revueltas. Se ríen.

Tras descansar un rato, Gia tiene algo que decir:

– Patrick no he sido sincera contigo.

-¿A qué te refieres?

-Al tanga.

– Dime.

– No se me cayó. Lo tiré yo.

-¿A propósito?

-Sí.

-¿Lo hiciste para provocar cosas? ¿Para que nos conociéramos, por fin?

-Sí. Por eso.

-Entonces, estás disculpada. Sin esa ocurrencia tan divertida, no nos hubiéramos conocido en la vida. Soy poco dado a salir de mi soledad.

Gia le agarró por el cuello y lo tumbó boca arriba. Se colocó sobre él y le azotó el sexo con la melena suavemente. Cuando estaba totalmente excitado, se ocupó de los testículos, alternando besos y lametazos antes de hacerle el sexo oral.

Acabaron despertando juntos en el suelo del patio, junto a un sinfín de cojines, muy cerca de donde aterrizaron las bragas.

 

 

 

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Gia abrió los ojos, y le vio dormir plácidamente a su lado. Colocó la mano sobre el sexo de su nuevo amor. Por fin se alegró de conocer a un hombre que entendiera su estilo de vida, pero sobre todo, su forma de provocar las cosas. Sin duda, esta vez, sería diferente.

Menos mal que nunca dejó de creer en el amor, a pesar de todo.

Aunque alguien como ella, acostumbrada a los giros argumentales provocados, ¿estaría preparada para recibir el golpe final del destino?

 

Continuará…

 

 

 


2 Comments

Fran says:

10 agosto, 2014 at 11:22 pm

Desenlace óptimo!!! Enhorabuena porque te has superado! Sobre todo la parte en que patrick le quita el tanga a gia. Voto para que vuelvas a recuperar a estos personajes en otra entrega! Muak!

Kuki García Kirsch says:

10 agosto, 2014 at 11:26 pm

¡Pues venga! Continuará… Irá por ti, Fran!! ¡Gracias, querido Reader! Besos :-*

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