Tú tan cuerpo y yo tan delito. I Parte.

No Tags | Historias de amor y una pizca de sexo.

– Buenos días.

– ¿Cómo estás, Georgia?

– Agobiada. El parking estaba imposible. ¿Ha llegado Joanna?

– Hace un rato. Te espera en su despacho. Y te aviso que no está de buen humor.

– Vaya… Hoy parece que me he levantado con el pie izquierdo.

Georgia camina hacia el despacho de su jefa. Se humedece los labios, se plancha la falda con las manos, se arregla el pelo. También saluda a las compañeras sentadas tras sus pupitres, ocupadas en sus quehaceres.

Una de las secretarias de dirección, se levanta al verla pasar y le advierte:

– Cariño, sé por lo que estás pasando. Por eso quiero avisarte. Joanna está cabreada.

– ¿Por qué?

– El asunto Collins.

-¡Joder! Ese mequetrefe me metió la mano en lo muslos entre el primer y el segundo plato.

– ¿Ni se espero al postre? Umm… ¡Menudo polvo tienes!

– ¡Ely! ¡No estoy para bromas!

-No te enfades, Gia. Quiero hacerte reír.

-¡Pues ya ves que no estoy para chorradas!

– Te lo compensaré. El sábado cenas en casa. Quiero presentarte a mi cuñado. Es ingeniero. ¡Está buenísimo! ¡Y separado, cómo tú! ¿Qué me dices?

– Ya veremos. -Georgia ríe la ocurrencia de su compañera mientras agarra el pomo de la entrada a dirección. Con la otra mano pica a la puerta con los nudillos-. ¡Buf! ¡Vamos allá!

-Cuéntame cuando salgas, ¿vale?

– Bueno. -Georgia respira hondo. Escucha el “adelante” y  vuelve a pasar la mano por la falda y a humedecerse los labios. Entra con una marcada sonrisa presidiendo el rostro.

– Buenos días, Joanna.

– ¡Georgia! Pasa por favor. Siéntate. -La mujer de unos cincuenta y pocos, la observa durante unos segundos antes de intervenir. En cuanto la tuvo en la butaca, frente a ella, descargó la artillería pesada-. Te dije que conseguir la cuenta de Mel & Melvin era fundamental para esta empresa. Y tú no has hecho nada más que fastidiarla.

– ¡Joanna, ese hombre era un cerdo!

– ¡¿Y qué nos importa eso?! ¿Acaso te pedí que te casaras con él? ¡Maldita sea! ¡Lo teníamos, Georgia! Ese hombre sólo quería celebrarlo contigo, le gustabas de verdad…Le había impresionado tu campaña de publicidad. ¡Sólo tenías que quedar bien en una Puta- Cena- de -Negocios!

La ejecutiva baja la cabeza al pecho y susurra:

– Era asqueroso, Joanna, de verdad…

– ¡Ya! ¡¿Y qué si para ganar una cuenta de medio millón de dólares te soba un poco?!  ¡Por favor! ¿En qué planeta vives? ¡No le ibas a volver a ver más en tu vida! Hoy ya estaría firmado el contrato, el tipo de vuelta a New York, tú con una comisión de vértigo y esta empresa financiada para los próximos meses, además de subirnos el caché. ¡En vez de eso, hoy tengo deudas y recibos por pagar, el cliente disgustado y una campaña perdida.

Georgia tiembla ligeramente. Tiene la tensión por los suelos. Comienza a marearse.

-Lo siento.

-¿Qué lo sientes, querida? Yo lo siento más todavía.

Estás despedida.

 

 

 

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Llega a casa. Se desnuda y se pone el camisón a pesar de ser las doce de la mañana. No quiere salir. No piensa llorar. Ni va a estar ni necesita pensar ni reflexionar sobre nada. Sólo quiere dormir. Cerrar los ojos y dejar pasar el tiempo; hasta que el día se agote y entre la negra oscuridad por la ventana. Entonces, las cosas se verán sin la nitidez característica que confiere la luz. No, ahora le conviene ver las cosas bajo una lente gris. Sabrá Dios por qué…

La música puede ser un buen analgésico. Busca una canción que le ice el espíritu. En cuanto comienza a sonar los primeros acordes, Nathan llegó para posarse en el lecho de su tristeza, pero rápidamente apartó de un manotazo a su ex. No le llamaría a pesar que le vendría bien un hombro donde llorar y un pecho donde apoyarse, pero sobre todo, un cuerpo con el que retozar salvajemente. Sonrió. El buen sexo lo cura todo.

Afuera la bóveda celeste se pinta gris ceniza. Se levanta de la cama en cuanto escucha los primeros indicios de tormenta. Tiene algunas prendas tendidas en las cuerdas del patio de luces. Se dispone a recogerlas. De repente uno de los diminutos tangas sujetados milagrosamente con una pinza común, se precipita al vacío, y cae sobre una silla de hierro forjado del patio de la planta baja. Georgia suspira disgustada y maldice su suerte. Tendrá que ir a buscarlo. Es la braga más picante que tiene; de color azul con lazos y blonda. ¡Dios! ¡Menudo rollo! Además, en ese piso vive un hombre soltero muy atractivo que se mueve por la ciudad en vespa y cocina, a juzgar por la compra que entra en casa. ¡Qué vergüenza!

 

 

 

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Se viste con una sudadera y unos shorts y se dispone a bajar.  Mientras desciende por las escaleras, la situación le recuerda a otra vivida recientemente, cuando fue a la desesperada al supermercado para comprar varias cajas de tampones y compresas de noche (de esas tipo “tocho”), y  se colocó detrás de ella en la cola de la caja, un tío buenísimo. Tuvo que repartir sobre la cinta todo aquel bonito arsenal íntimo. Se puso más roja que un tomate y el sofoco le duró hasta que no desapareció del parking. ¡Que mal lo pasó! Y ahora esto…

 

 

 

Ding-Dong.

 

 

 

Espera unos segundos a que alguien abra la puerta. Con suerte le recibirá su madre, o una amiga, o la asistenta. Por favor cualquiera mejor que el vecino…

-Hola.

Mala suerte. Es él.

-Buenos días. Perdona que te moleste. ¿Estabas durmiendo?

– ¿Lo dices por la pinta de colgado que tengo? -El vecino frunce el ceño, mientras se rasca la barba de varios días.

-¡No!  ¡Por favor… -Georgia intenta reír la gracia, pero está más cortada que la

cuajada-. Soy la vecina del ático. Y…Bueno, se me ha caído algo en tu patio trasero, jeje.

– ¿Se te ha caído…? ¿El qué? ¡Espero que no sea el gato!

– Ah, no… -Se rie de nuevo. Esta vez de manera más natural, aunque no del todo-. Estaba quitando la ropa del tendedero y se me escurrió algo.

– Umm… ¿No será un tanga?- dice bromeando-. Soy muy sensible y fácilmente inflamable. Ya me entiendes…

La joven vuelve a reír. Pero suena falso.

-¡Vaya por Dios!

-¿Qué pasa?

– Creo que sí…Es un tanga-responde avergonzada.

– Ohh… ¿Blanco, negro, rojo?

-¿Es importante?

-¡Mucho! De ello va a depender si te dejo volver a casa, con o sin invitación para cenar  juntos esta noche. Si quieres, claro…

– ¡Vaya! Qué directo…

– Dime. ¿De qué color es tu braga?

– Azul. -Georgia contuvo la respiración. Lo estaba pasando francamente mal. Pero su vecino resultaba divertido y natural, además de atractivo y agudo.

-Ah, ya… ¿Azul has dicho?

-Sí.

-¿Qué clase de azul?

– Bueno, así como el color de la tinta ¿sabes?

– Pues, mira… No sé que decirte. -Georgia estaba alucinada con la situación de

Chorlito-. ¿Qué tal si lo buscamos juntos y ya veo que siento al recogerlo?

-¿Cómo? -La joven estalló en una carcajada. Cada vez lo hacía con mayor

naturalidad -. Me parece bien.

Había llegado el momento más incomodo para ella. Recoger la prenda. Se le tuvo que caer al patio de un vecino que estaba como un queso… Y además, que ésta fuera la prenda interior más pervertida que tenía en el cajón… Ya era mala suerte para acabar de rematar el día…

Llegaron al patio. El hombre abrió la puerta y vio suspendida del respaldo de una silla, la diminuta prenda interior. Silbó mientras se acercaba. Georgia se adelantó y quiso recuperarla antes de que su vecino la tocara. Pero fue imposible.

– ¿Esto ha llegado del cielo hasta mi humilde morada? -dijo con la braga en la mano, como si se tratara de un estandarte. Después se la llevó a la cara.

La joven se queda rígida como un gato de escayola, ante la dantesca escena. ¿Realmente esto estaba ocurriendo? ¿El mismo día que la despiden?

¿Tres días después de cortar con su novio? ¿Dos meses más tarde de morir su padre? ¡Madre mía! Jodido…

Aún así sonríe tímidamente, un poco agobiada, y dice:

-Hoy no ha sido un buen día, ¿sabes?

El hombre abandona su actitud cómica al observar la tristeza en sus ojos.  Se guarda el tanga. Lo atrapa en la goma de la cinturilla del pijama, y le ofrece la mano.

– Perdona, soy Patrick… El Payaso.

– Me llamo, Georgia. La aguafiestas. Encantada.

-¿Encantada, de qué? ¿De esta situación surrealista? ¿ De toparte con un sinvergüenza?

Los dos sonrieron. Patrick sacó el tanga de su cintura.

– No -responde la chica-. De qué me hayas hecho reír.

– Me alegro, entonces. Aquí tienes. Por cierto, te conozco de vista. Nos hemos cruzado muchas veces en el vestíbulo. Ya me había fijado en ti  -dice sonriendo mientras levanta las cejas.

– Ah… Bueno… Tampoco somos tantos.

Georgia dio las gracias de nuevo y se dirigió a la salida. Seguramente, la luz apagada y siniestra en que se había convertido el iris de sus ojos desde hacía unos meses, un par de pozos sin fondo, oscuros y fríos, habían hecho desistir al hombre de su propuesta inicial. Pero irse así… Tampoco era lo que quería. ¡¿Qué hacer?!

Habían llegado hasta la puerta de entrada.

-Perdona por la broma. No quise que te sintieras mal -vuelve a insistir Patrick.

– ¡No, qué va! ¡Ha sido divertido! Soy yo. De verdad… No pasa nada. Bueno… Entonces, hasta otra ocasión.

– Sí. Y cuidado, porque si te caes tú, no pienso devolverte.

Los dos se miraron fijamente, como si el tiempo se hubiera enganchado en las alas de una mariposa que descansa sobre el pétalo de una flor.

-Por cierto, no me has dicho qué te ha suscitado el color de mis bragas.

– Esperaba que me lo preguntases.

Se rió.

-¿Y?

– ¡Brutal! Por eso eché mano de la teatralidad. ¡Uf! Me he puesto malo. Te dije que soy sensible.

-¿Entonces?

– ¿A las ocho? Soy un buen cocinero. Le pongo amor, ya sabes. – Patrick se puso la mano en el corazón.

Y duchado y arregladito soy algo más mono…

Georgia sonrió dulcemente.

– Hasta luego, entonces.

Sale al descansillo.

-¿Te lo pondrás?

-¿Perdón?

-El tanga color tinta de boli. ¿Si te lo pondrás?

– Puede…

– Hazlo. No te arrepentirás.

 

 

 

Continuará..

 

 

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